Eric Arthur Blair más conocido por el pseudónimo de George Orwell (1903-1950)

George Orwell (Vida y obra)

Foto que aparece en la acreditación de Orwell para la National Union of Journalists (1943).
Foto que aparece en la acreditación de Orwell para la National Union of Journalists (1943).

Eric Arthur Blair más conocido por el pseudónimo de George Orwell (1903-1950) .

Nacio el 25 de junio de 19031​ ​2​ ​ ​en Motihari, Raj Británico  y murió el 21 de enero de 1950 en Londres, (Reino Unido) de tuberculosis. Fue un escritor y periodista británic, cuya obra lleva la marca de las experiencias personales vividas por el autor en tres etapas de su vida:

su posición en contra del imperialismo británico que lo llevó al compromiso como representante de las fuerzas del orden colonial en Birmania durante su juventud; a favor del socialismo democrático, después de haber observado y sufrido las condiciones de vida de las clases sociales de los trabajadores de Londres y París; en contra de los totalitarismos nazi y estalinista tras su participación en la Guerra Civil Española.

Además de cronista, crítico de literatura y novelista, Orwell es uno de los ensayistas en lengua inglesa más destacados de los años treinta y cuarenta del siglo XX. Sin embargo, es más conocido por sus dos novelas críticas con el totalitarismo y publicadas después de la Segunda Guerra Mundial, Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), escrita en sus últimos años de vida y publicada poco antes de su fallecimiento, y en la que crea el concepto de «Gran Hermano», que desde entonces pasó al lenguaje común de la crítica de las técnicas modernas de vigilancia.

En 2008, figuraba en el puesto número dos del listado de los cincuenta escritores británicos de mayor relevancia desde 1945, elaborado por The Times.3​ ​

El adjetivo «orwelliano» es frecuentemente utilizado en referencia al distópico universo totalitarista imaginado por el escritor inglés.

Eric Arthur Blair nació en Motihari, una colonia británica de la India, el 25 de junio de 1903. Era hijo de Ida Mabel Limouzin Blair, nacida en Birmania, de ascendencia francesa, y de Richard Walmsley Blair, administrador del ministerio del opio del gobierno indio.

A los dos años se trasladó con su madre y con su hermana mayor Marjorie a Inglaterra y no volvería a ver a su padre hasta 1907, cuando este visitó Inglaterra durante tres meses, antes de partir de nuevo hacia la India. Además, Eric tenía una hermana menor llamada Avril.

Colegio de Eton.
Colegio de Eton.
 En 1909 Blair fue enviado a una pequeña escuela parroquial anglicana en Henley, a la cual había asistido su hermana mayor con anterioridad. Nunca escribió sobre sus recuerdos de aquella época, pero debió de impresionar a sus profesores muy favorablemente, pues dos años más tarde fue recomendado al director de una de las escuelas preparatorias de mayor renombre en Inglaterra por aquellos tiempos, St. Cyprian, en Eastbourne, Sussex.
El joven Eric asistió a esta escuela gracias a una beca que permitía a sus padres pagar solamente la mitad de las tasas habituales. Sin embargo, Eric no se sentía a gusto en la escuela St. Cyprian, al menos en lo que se refiere a los métodos de enseñanza y a los profesores. Pese a ello, fue ahí donde consiguió sendas becas para la escuela de Wellington y posteriormente la de Eton, en la cual dice, años más tarde, haber sido relativamente feliz, pues se permitía a los estudiantes una considerable independencia. En este establecimiento hizo amistad con varios futuros intelectuales británicos, como Cyril Connolly, editor de la revista Horizon, en la cual se publicaron muchos de los ensayos de Orwell.

Experiencia en Birmania y primeras novelas.

Tras culminar sus estudios en Eton, decidió unirse a la Policía Imperial India en Birmania, pues no tenía posibilidades de conseguir una beca universitaria y los medios de su familia no eran suficientes para costear su educación. Tras cinco años como oficial, abandona el cuerpo de policía y vuelve a Inglaterra en 1927 habiendo desarrollado un odio hacia el imperialismo que muestra en Los días de Birmania (Burmese Days), publicada en 1934, y en ensayos como «Un ahorcamiento» («A Hanging») o «Matar a un elefante» («Shooting an Elephant»).

Posteriormente vive un tiempo en la indigencia, haciendo trabajos de todas clases, tal y como recuerda en Sin blanca en París y Londres (Down and Out in Paris and London), su primera obra importante. Consigue un trabajo como maestro de escuela pero pronto se ve forzado a abandonarlo por problemas de salud y comienza a trabajar en una tienda de libros de segunda mano en Hampstead, una experiencia que rememora parcialmente en la novela corta Que no muera la aspidistra (Keep the Aspidistra Flying, 1936).

Se trasladó a París en la primavera de 1928, donde vivía su tía Nellie, con la esperanza de forjar su carrera como hombre de letras. Tras algunos intentos fallidos, Eric se vio obligado a trabajar de lavaplatos en el lujoso Hotel X, tal como hace mención en su primer libro, Sin blanca en París y Londres (1933). A fines de 1929, regresó a la casa de sus padres en Southwold, Suffolk, enfermo y sin dinero, y escribió Los días de Birmania (1934).

Lugar donde vivió. Notting Hill, en Londres.
Lugar donde vivió. Notting Hill, en Londres.
Blair adoptó el seudónimo de George Orwell en 1933. Mientras el autor escribía para el New Adelphi, vivía en Hayes, Middlesex y trabajaba como profesor de escuela, adoptó el pseudónimo para no incomodar a sus padres con Sin blanca en París y Londres.
Llegó a considerar otros nombres literarios como «Kenneth Miles» o «H. Lewis Allways», antes de decidirse por un nombre que deja traslucir el afecto que siempre había sentido por la tradición y la campiña inglesa: Jorge es el santo patrón de Inglaterra (y Jorge V era el soberano en ese entonces), mientras que el río Orwell, en Suffolk, es uno de los lugares más emblemáticos para muchos ingleses. Blair también pensó que un apellido que empezara con la letra O le daría una mejor posición a sus libros en los estantes de las librerías.

Como escritor, George Orwell se sirvió de su experiencia como profesor y de la vida en Southwold para la novela La hija del clérigo (1935), escrita en 1934 en casa de sus padres tras la enfermedad que lo abatía y lo obligaba a ganarse la vida impartiendo clases.

De 1934 a 1936 trabajó a media jornada en Booklover’s Corner, una librería de segunda mano en Hampstead.

Tras llevar una vida solitaria, quiso rodearse de la compañía de jóvenes escritores. Hampstead era un pueblo intelectual que ofrecía establecimientos destinados al desarrollo de actividades culturales de diversa índole. Estas experiencias se trasladaron a la novela Que no muera la aspidistra (1936).

Orwell contrajo matrimonio con Eileen O’Shaughnessy en 1936, y adoptaron un niño, Richard Horatio Blair. Eileen murió nueve años más tarde, en 1945, durante una operación.

El camino a Wigan Pier.

A comienzos de 1936, Victor Gollancz, fundador del Left Book Club, instó a Orwell a escribir sobre la pobreza de la clase obrera en el norte de Inglaterra. Su relato, El camino a Wigan Pier fue publicada en 1937.

Orwell ejerció como reportero social, tuvo acceso a muchas viviendas modestas para experimentar en las condiciones ínfimas en las que vivía la gente, tomó nota de los ingresos salariales por hogar, y pasó días enteros consultando en la biblioteca por registros de salud pública e informes laborales en las minas. Sin embargo, el autor nunca formó parte activa de asociación o coalición partidista alguna, si bien en vida reconoció sentirse un hombre de izquierdas.4​ ​

La primera mitad de El camino a Wigan Pier presenta un compendio de sus investigaciones sociológicas en Lancashire y Yorkshire. Comienza evocando el panorama de las minas de cobre. La segunda parte, en cambio, es un ensayo extenso de sus vivencias y del desarrollo de su conciencia política, incluyendo una denuncia a los elementos irresponsables de la izquierda. Como resultado, el editor Gollancz temió que la última parte pudiera resultar ofensiva para los lectores habituales del Left Book Club, por lo que, sin pedirle autorización, agregó un prefacio a la obra mientras Orwell se encontraba en España.

Guerra Civil española.

Orwell decidió combatir en España con la idea de «matar fascistas porque alguien debe hacerlo».5​ ​ Así se lo hizo saber a su amigo Henry Miller en París en las navidades de 1936, quien le intentó convencer de que era «una idiotez». Aun así, no consiguió hacerle cambiar de idea, ya que su decisión estaba basada en la lucha por unos ideales.

Llegó a Barcelona el 26 de diciembre de 1936 con una carta de presentación del Partido Laborista Independiente (no se afilió al partido hasta junio de 1938,6​ ​ tras volver a Inglaterra7​​) y ese mismo día se alistó y fue asignado como miliciano al partido de orientación trotskista POUM. Más tarde escribiría que de haber comprendido mejor la situación política en España, se habría unido como miliciano a la CNT.8​ ​

En enero y febrero de 1937 combatió en el frente de la sierra de Alcubierre (Huesca). Más tarde, estando de permiso en Barcelona, participó en las Jornadas de Mayo de 1937 y tras volver al frente, recibió un tiro en el cuello en las proximidades de Huesca, el 20 de mayo de 1937. Su experiencia le motivó para escribir “Homenaje a Cataluña”, donde describe su admiración por lo que es identificado como ausencia de estructuras de clase en algunas áreas dominadas por revolucionarios de orientación anarquista. Pero también critica el control estalinista del Partido Comunista de España y las mentiras que se usaban como propaganda para la manipulación informativa.

En 1937, durante la represión del gobierno de Negrín contra el POUM, Orwell relató que estuvo a punto de ser asesinado en Barcelona.

Su participación en la Guerra Civil Española le marcó para siempre su visión del mundo.

En 1946 escribió: “La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”.5​ ​

Al volver a Inglaterra estuvo ingresado con tuberculosis en un sanatorio, tras la cual se fue a Marruecos para recuperarse.

Orwell opinaba que si bien se necesitaba un cambio radical en las sociedades occidentales, y por tanto en los países capitalistas, el estalinismo representaba una amenaza a los principios que lo sustentaban.9​ ​

Segunda Guerra Mundial.

Orwell se sustentó escribiendo reseñas de libros para el “New English Weekly” hasta 1940. Durante la Segunda Guerra Mundial fue miembro de la Home Guard, en donde recibió la Medalla de la Defensa. Sus pensamientos de aquellos años han quedado grabados en su libro “Diario de guerra 1940-9142″.10​ ​

En 1941 comenzó a trabajar para el Servicio Oriental de la BBC, principalmente en programas para ganar el apoyo de la India y el este de Asia a los ejércitos aliados. Era consciente de que su trabajo en esta época era simple y propagandístico, por lo que describe sentirse como «una naranja que ha sido pisoteada por una bota muy sucia».

A pesar de los buenos ingresos, renunció en 1943 para convertirse en columnista y editor literario del “Tribune”, la revista semanal de tendencia izquierdista que entonces dirigían Aneurin Bevan y Jon Kimche.

Se ha revelado en 2005, mediante un informe de la inteligencia británica, que Orwell fue vigilado durante alrededor de 12 años por la policía de aquel país en vista de su aparente vinculación con movimientos de izquierdas.[cita requerida]

Últimos años.

Casa en Londres en la que vivió Orwell durante sus últimos años, de 1944 a 1947.
Casa en Londres en la que vivió Orwell durante sus últimos años, de 1944 a 1947.
 

 

Tumba de George Orwell.
Tumba de George Orwell.
En 1949 Orwell entregó una carta a una amiga, Celia Kirwan, que trabajaba para una sección del Foreign Office (el ministerio de asuntos exteriores británico), dedicada en esos días a organizar unas conferencias sobre el estalinismo. Kirwan se dirigió a Orwell solicitándole nombres susceptibles de aceptar. Orwell también incluyó una lista de treinta y ocho escritores y artistas que consideró en su momento con inclinaciones procomunistas y que no tendrían intención en participar en dichas conferencias. En la lista, que no fue publicada hasta el 2003, se incluyeron numerosos periodistas —entre ellos el editor del New Statesman, Kingsley Martin y también a los actores Michael Redgrave y Charlie Chaplin.11​ ​

En octubre de 1949, poco antes de su muerte, se casó en segundas nupcias con Sonia Brownell. Orwell murió en Londres a la edad de 46 años, de tuberculosis, enfermedad que había contraído durante el periodo que describe en Sin blanca en París y Londres. Pasó los últimos tres años de su vida entre hospitales. Poco antes de morir, pide ser enterrado de acuerdo al rito anglicano[cita requerida]. Falleció el 21 de enero de 1950. Sus restos reposan en Sutton Courtenay, Oxfordshire.

Influencias literarias.

Orwell decía que su estilo literario se aproximaba bastante al de Somerset Maugham. En sus ensayos literarios también alaba encarecidamente los trabajos de Jack London, especialmente su libro La carretera (The Road). El descenso de Orwell a la vida de los más desfavorecidos en El camino a Wigan Pier tiene un parecido razonable con La gente del abismo (The People of the Abyss) de London. En otros ensayos Orwell manifiesta su admiración por Charles Dickens, Herman Melville o Jonathan Swift.

Obra.

A lo largo de su carrera fue principalmente conocido por su trabajo como periodista, en especial en sus escritos como reportero; a esta faceta se pueden adscribir obras como Homenaje a Cataluña (Homage to Catalonia), sobre la guerra civil española, o El camino a Wigan Pier (The Road to Wigan Pier), que describe las pobres condiciones de vida de los mineros en el norte de Inglaterra. Sin embargo los lectores contemporáneos llegan primeramente a este autor a través de sus novelas, particularmente a través de títulos enormemente exitosos como Rebelión en la granja (Animal Farm) o 1984. La primera es una alegoría de la corrupción de los ideales socialistas de la Revolución rusa por Stalin. 1984 es la visión profética de Orwell sobre una sociedad totalitarista situada supuestamente en un futuro cercano. Orwell había vuelto de Cataluña convertido en un antiestalinista con simpatía por los trotskistas, definiéndose como un socialista demócrata.

Libros.

Publicaciones póstumas de sus diarios y otros.

Ensayos (lista parcial).

  • «A Good Word for the Vicar of Bray»
  • «A Hanging»
  • «A Nice Cup of Tea» (1946)
  • «AntiSemitism in Britain»
  • «Arthur Koestler»
  • «Benefit of Clergy: Some Notes on Salvador Dali»
  • «Books vs. Cigarettes»
  • «Bookshop Memories»
  • «Boys’ Weeklies»
  • «Charles Dickens»
  • «Charles Reade»
  • «Confessions of a Book Reviewer»
  • «Decline of the English Murder»
  • «Down the Mine»
  • «Freedom of the Park»
  • «Future of a Ruined Germany»
  • «Good Bad Books»
  • «How the Poor Die»
  • «In Defence of P. G. Wodehouse»
  • «Inside the Whale»
  • «James Burnham and the Managerial Revolution»
  • «Lear, Tolstoy and the Fool»
  • «Looking Back on the Spanish War»
  • «Mark Twain – the Licensed Jester»
  • «Marrakech»
  • «Nonsense Poetry»
  • «North and South»
  • «Notes on Nationalism»
  • «Pleasure Spots»
  • «Poetry and the Microphone»
  • «Politics and the English Language»
  • «Politics vs. Literature: An Examination of Gulliver’s Travels»
  • «Raffles and Miss Blandish»
  • «Reflections on Gandhi»
  • «Revenge is Sour»
  • «Riding Down From Bangor»
  • «Rudyard Kipling»
  • «Shooting an Elephant» (1936)
  • «Some Thoughts on the Common Toad»
  • «Spilling fhe Spanish Beans»
  • «Such, Such Were the Joys»
  • «The Art of Donald McGill»
  • «The Lion and the Unicorn: Socialism and the English Genius»
  • «The Prevention of Literature»
  • «The Spike»
  • «The Sporting Spirit»
  • «W. B. Yeats»
  • «Wells, Hitler and the World State»
  • «Why I Write»
  • «Writers and the Leviathan»
  • «You and the Atomic Bomb»

Poesía.

Véase también,

Referencias.

  1. The Orwell Reader, publicado el 26 de agosto de 2007.
  2. History Guide, publicado el 26 de agosto de 2007
  3. (en inglés) «The 50 greatest British writers since 1945.» The Times. Consultado el 7 de enero de 2014.
  4. The Norton Anthology of English Literature, volumen 2, 7.ª edición, pág. 2456. Nueva York, 2000.
  5. a b ABC. «George Orwell: «Voy a matar fascistas porque alguien debe hacerlo»». Consultado el 23 de febrero de 2015.
  6. The History Guide: George Orwell, 1903-1950
  7. George Orwell: «Why I Joined the ILP», artículo en The New Leader del 24 de junio de 1938.
  8. George Orwell: «Notes on the Spanish militias», en Essays (pág. 77). Londres: Everyman’s Library, 2002
  9. The Norton Anthology, volumen 2, 7.ª edición, pág. 2456. Nueva York, 2000.
  10. Diario de la guerra 1940-1942.
  11. Ezard, John. (en inglés) «Blair’s babe: Did love turn Orwell into a government stooge?» The Guardian. Consultado el 7 de enero de 2014.

Bibliografía.

  • Orwell, George (2017). El poder y la palabra. 10 ensayos sobre lenguaje, política y verdad. Traducción Miguel Martínez Lage, Miguel Temprano García e Inga Pellisa Daz. Madrid: Editorial Debate. ISBN 9788499927923.
  • – (2017). Poesía completa. Edición y traducción Jesús Isaías Gómez López. Madrid: Visor Libros. ISBN 9788498959796.
  • – (2015). Sin blanca en París y Londres. Traducción Miguel Temprano García. Madrid: Editorial Debate. ISBN 9788499925370.
  • – (2014). Escritor en guerra. Correspondencia y diarios (1936-1943). Traducción Miguel Temprano García. Madrid: Editorial Debate. ISBN 9788499924854.
  • – (2014). 1984. Traducción Miguel Temprano García. Tapa dura. Edición conmemorativa. Barcelona: Editorial Lumen. ISBN 9788426400260.
  • – (2013). 1984. Traducción Miguel Temprano García. Barcelona: Editorial DeBolsillo. ISBN 9788499890944.
  • – (2013). Ensayos. Madrid: Editorial Debate. ISBN 9788499923888.
  • – (2011). Homenaje a Cataluña. Traducción Miguel Temprano García. Madrid: Editorial Debate. ISBN 9788499920740.
  • – (2009). 1984. Colección: Áncora y Delfín. Barcelona: Ediciones Destino. ISBN 978-84-233-4165-8.
  • – (2009). Orwell en España. Madrid: Tusquets Editores. ISBN 978-84-8383-149-6.
  • – (2008). Que no muera el aspidistra. Madrid: Tusquets Editores. ISBN 978-84-8383-001-7.
  • – (2007). Diario de guerra (1940-1942). Madrid: Editorial Sexto Piso. ISBN 978-84-934739-6-9.
  • – (2006). Orwell periodista. Barcelona: Global Rhythm Press. ISBN 978-84-934487-5-2.
  • – (2006). Matar a un elefante y otros escritos. Madrid: Ediciones Turner. ISBN 978-84-7506-681-3.
  • – (2006). El león y el unicornio y otros ensayos. Madrid: Ediciones Turner. ISBN 978-84-7506-767-4.
  • – (2006). Subir a por aire. Colección: Áncora y Delfín. Barcelona: Ediciones DestinoISBN 978-84-233-0631-2.
  • – (2003). Los días de Birmania. Segunda edición ampliada. Colección Viento Simun. La Coruña: Ediciones del Viento. ISBN 978-84-933001-0-4.
  • – (2003). Rebelión en la granja. Colección: Áncora y Delfín. Barcelona: Ediciones Destino. ISBN 978-84-233-3471-1.
  • – (2003). Ensayos escogidos. México: Sexto Piso Ediciones. ISBN 978-968-5679-03-9.
  • – (2001). Escritos (1940-1948): literatura y política. Barcelona: Ediciones Octaedro. ISBN 978-84-8063-474-8.
  • – (1985). Una buena taza de té. Colección Destinolibro. Barcelona: Ediciones Destino. ISBN 978-84-233-1301-3.

Enlaces externos.

 

El anarquista que enviaba zapatos a Orwell

Los compañeros de la Editorial El Salmón acaban de publicar el libro La raíz es el hombre, del crítico libertario norteamericano Dwight Macdonald (1906-1982). Se trata de un ensayo escrito en 1946, en el que trataba de confrontar críticamente los puntos débiles del marxismo, explorando para ello vías en las que más tarde ahondaría la Nueva Izquierda de los años 60: la crítica de la burocracia, la tecnología o el totalitarismo. Hemos creído interesante reproducir su prólogo. Imagen: Dwight Macdonald (1906-1982)

“Todo el mundo tiene derecho a ser estúpido”, escribió Trotski en 1938, “pero el camarada Macdonald abusa de este privilegio”. Era la respuesta a un artículo publicado en la prensa trotskista estadounidense en el que Dwight Macdonald criticaba duramente la represión del alzamiento de los marineros y obreros de Kronstadt en 1921 contra el gobierno bolchevique, así como el papel desempeñado en aquellos sucesos por el entonces líder del Ejército Rojo. “El hecho de comenzar mi andadura en el trotskismo”, recordaba el autor varias décadas después, “con una polémica sobre un asunto tan delicado, y nada menos que contra el gran maestre de la Orden, puede que fuera cuestión de ética, arrogancia, ingenuidad, una simple chaladura, o una mezcla de todo ello. Pero fue sintomático”. Y, en efecto, revelaba muy pronto el carácter herético e independiente de uno de los intelectuales estadounidenses más importantes del siglo XX. 

Dwight Macdonald (1906-1982) llegó muy tarde a la política. Su mujer, Nancy Rodman, le introdujo en los círculos marxistas de Nueva York a mediados de 1930, pasando a profesar un trotskismo heterodoxo que lo llevó a militar fugazmente en dos partidos izquierdistas minúsculos, y a participar en The Partisan Review, revista que compaginaba el antiestalinismo político con el rechazo a la pacata cultura oficial soviética: en sus páginas podían leerse poemas, relatos y ensayos de T. S. Eliot, Franz Kafka, Rilke, W. H. Auden, Alberto Moravia, Robert Musil, John Dos Passos, George Orwell, Hannah Arendt, Arthur Koestler, Rubén Darío, etc.

En 1943 Macdonald abandonó The Partisan Review. La participación estadounidense en el conflicto bélico dividió a la izquierda norteamericana, y a diferencia de los editores de la revista, que respaldaban a su gobierno, Macdonald no dejó de denunciar la guerra desde su postura pacifista radical. Así, unos meses después fundaría su propio periódico: politics. Cuentan que Macdonald había pensado en el nombre Radical Review (“Revista radical”) para la nueva publicación, idea que su amigo y sociólogo Charles Wright Mills encontró desastrosa, como le hizo saber en una carta:

“Por el amor de Dios, no la llames Radical Review. Elige un nombre más inocuo. Tal vez no te des cuenta de la cantidad de gente a la que espantarías con ese título… El radicalismo es fruto del análisis, y no de nombres o eslóganes. Muchas personas perderían sus puestos de trabajo si colaboraran con un periódico con ese nombre. Las revistas que más perduran y con mayor influencia tienen títulos sencillos”.

Mills propuso a su amigo el nombre Politics (Política), y Macdonald no sólo aceptó su sugerencia, sino que decidió utilizarlo con pe minúscula, politics. Durante sus seis años de vida, de 1944 a 1949, politics ejerció una extraordinaria influencia dentro y fuera de Estados Unidos. Pese a lo limitado de su tirada -nunca mayor de cinco mil ejemplares-, la independencia intelectual de sus colaboradores, así como el carácter pionero de muchos de los temas tratados, dio a sus páginas un carácter único en la historia periodística de ese país.

En politics comenzaron su andadura jóvenes escritores que más tarde alcanzarían renombre internacional, como el ya mentado C. W. Mills o Paul Goodman. Dio a conocer por vez primera al público norteamericano a Simone Weil, Albert Camus, Nicola Chiaromonte, Victor Serge, Max Weber o Wilhelm Reich, además de autores que ya eran conocidos en círculos izquierdistas como George Orwell (quien mantuvo una estrecha relación epistolar con Macdonald). Y, con todo, el hecho distintivo de politics radicaba en la actualidad de las problemáticas que abordó. En 1968, Hannah Arendt lo explicaba en el prólogo que escribió para una antología que reunía varios artículos de la revista:

“Las inquietudes y perplejidades de una pequeña revista con una difusión que nunca superó los cinco mil ejemplares se han convertido en el pan de cada día de periódicos y revistas con una difusión masiva (…). La quema de las cartillas militares, el black power (por aquel entonces llamado ‘negrismo’), la cultura de masas, la futilidad política y militar de la ‘masacre con bombardeos’ [de la Alemania nazi]; el complejo militar-industrial (…) la ruptura de los procesos democráticos en las democracias (…) la cuestión de la responsabilidad por el horror de los campos de concentración nazis, tema que salió a la palestra mucho más tarde, a finales de los años cincuenta (…) Y he escogido estos ejemplos sobre la asombrosa relevancia de la revista sobre cuestiones políticas contemporáneas casi al azar (…). [politics] parece haber sido escrita previendo acontecimientos universales que aún no habían ocurrido. (…) ¿Cómo no sorprenderse por el hecho de que el temperamento de un puñado de escritores marginales de la izquierda de hace veinte años se haya convertido hoy en el ánimo dominante de toda una generación? (…) El historial radical de politics es admirable; de hecho, estaba tan ligada al futuro que a menudo su empresa se asemeja al ensayo general de la obra (…). politics (…) era radical en el sentido de retroceder y hacer revivir muchas cosas que pertenecen a las raíces mismas de la tradición estadounidense, pero también a las raíces de la tradición radical universal: la tradición de decir ‘no’, la tradición de la independencia, de un ‘pesimismo’ jovial en contraste con la tentación de la realpolitik, de la confianza en uno mismo, el orgullo y la confianza en la opinión propia. Estas cualidades distinguen al radical, que siempre permanece fiel a la realidad para ir a la raíz del problema, del extremista, que sigue sin vacilar la lógica de cualquier ‘causa’ que pueda abrazar en ese momento”.

Las páginas de politics acogieron desde su primer número (febrero de 1944) crónicas demoledoras desde el frente de guerra. Cartas de algunos de los más de seis mil objetores de conciencia norteamericanos que fueron encerrados en campos de trabajo por negarse a formar parte de la maquinaria militar. Una columna desde la que se denunciaban casos de discriminación racial contra la población negra. El primer estudio sobre el impacto psicológico sobre los internos de los campos de concentración nazis, “Comportamiento en situaciones límite”, del psicólogo Bruno Bettelheim (publicado en una fecha tan temprana como agosto de 1944). Un año después, con el número de agosto de 1945 ya en imprenta, Macdonald publicaba un editorial de última hora denunciando el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Merece ser citado in extenso:

“A las 9:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, un avión estadounidense arrojó una bomba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Desatando una explosión con la fuerza de 20.000 toneladas de TNT, la Bomba destruyó en un abrir y cerrar de ojos dos terceras partes de la ciudad, incluyendo, probablemente, a la mayor parte de los 343.000 seres humanos que allí vivían. No hubo previo aviso. Esta atrocidad nos sitúa a ‘nosotros’, los defensores de la civilización, al mismo nivel moral que ‘ellos’, las bestias de Majdanek. Y ‘nosotros’, el pueblo norteamericano, somos tan responsables de este horror como ‘ellos’, el pueblo alemán.

Todo esto es obvio. Pero debe decirse algo más. Ya que la bomba atómica vuelve más grotesco todavía el final de la mayor guerra de la Historia.

1. Los conceptos de ‘guerra’ y de ‘progreso’ han quedado obsoletos. Ambos sugerían unas aspiraciones, emociones, metas y conciencia humanas. ‘El mayor logro de la ciencia organizada en la Historia’, dijo el presidente Truman después de la catástrofe de Hiroshima; y probablemente lo sea, así como el peor logro de la ciencia organizada.

2. La futilidad de la guerra moderna ahora debería haber quedado clara. ¿No deberíamos concluir, con Simone Weil, que el aspecto técnico de la guerra representa hoy día algo funesto, independientemente de factores políticos? ¿Resulta acaso concebible que la Bomba pueda ser utilizada alguna vez ‘por una buena causa’? ¿Semejantes medios no implicarían de forma instantánea, per se, la corrupción de cualquier causa?

3. La Bomba es el producto natural del tipo de sociedad que hemos creado. Es una expresión tan relajada, normal y espontánea del American Way of Life como lo son los frigoríficos, los Banana Split o los coches de transmisión automática. No soñamos un mundo en el que la fisión atómica será ‘utilizada con fines constructivos’. Esta nueva energía estará al servicio de los gobernantes; cambiará su fuerza, pero no sus objetivos. La población debería considerar esta nueva fuente de energía con sumo interés: el interés de las víctimas.

4. Quienes manejan semejante poder destructivo no pertenecen a la Humanidad. Tal vez sean dioses, tal vez animales, pero no son hombres.

5. Debemos ‘tomar’ el Estado antes de que el Estado nos ‘tome’ a nosotros. Todo individuo que desee salvar su humanidad -y, en verdad, su propio pelaje- haría bien en empezar a tener ‘ideas peligrosas’ sobre sabotaje, resistencia, rebelión y fraternidad con todos los seres humanos. Ese estado de ánimo conocido como ‘pesimismo’ es un buen comienzo”.

Tras el final de la guerra, Macdonald y su círculo de colaboradores trataron de sentar las bases teóricas de un nuevo radicalismo, inspirado en una tradición premarxista y libertaria. La sección “Ancestros” de politics sirvió para reconstruir una especie de canon radical que ofreciera alternativas al totalitarismo comunista y a la realpolitk socialdemócrata, dedicando monográficos al pensamiento de William Godwin, Max Weber, Proudhon, Alexander Herzen o Tolstói. La sección “Nuevos caminos políticos”, por su parte, tenía como fin “criticar la ideología dominante hoy en la izquierda, toda ella marxista en mayor o menor medida, a la luz de las últimas experiencias”. La tarea de encontrar un nuevo vocabulario político, un camino que explorara la noción griega de límite y examinara la tiranía de la Historia con hache mayúscula, recayó principalmente en Macdonald y en dos pensadores italianos radicales cuya obra se ha sumido en el olvido: Andrea Caffi y de manera particular Nicola Chiaromonte, exiliado antifascista en Estados Unidos, íntimo amigo de Macdonald y alma de politics; en una carta fechada en 1947, este último le decía: “He aprendido muchísimo de ti, Nick, tú has cambiado toda mi perspectiva intelectual (tú y la bomba atómica)”.

Ya hemos mencionado la difusión reducida que tuvo politics. No obstante, el fuerte sentimiento comunitario forjado entre sus lectores, dentro y fuera de Estados Unidos, era excepcional. Hannah Arendt, en el texto antes citado, explicaba que ese sentimiento de camaradería se fundaba en el hecho de que Macdonald consideraba a los lectores de politics como sus pares intelectuales; así lo demuestra la publicación de las cartas que enviaban -en ocasiones muy extensas- y que Macdonald se encargaba de contestar cuidadosamente.

El ambiente de solidaridad que rodeaba a politics quedó patente con una campaña de envío de paquetes a Europa auspiciada por el matrimonio Macdonald en la inmediata posguerra. Ya antes habían promovido recogida de fondos para republicanos españoles y exiliados antifascistas, como Victor Serge, a quien consiguieron pagar su viaje de Francia a México. Pero la campaña “Paquetes al Extranjero”, iniciada en octubre de 1945, fue mucho más allá. La revista se encargó de proporcionar a sus lectores los nombres de activistas y escritores antifascistas -“algunos de ellos”, explicaba Macdonald, “acaban de regresar tras pasar varios años en campos de concentración nazis, y todos ellos han sufrido y luchado por nuestra causa. Son socialistas, trotskistas, anarquistas e izquierdistas de todo tipo”- que necesitaban ayuda urgente. Los lectores de politics, de forma directa o a través de los Macdonald, enviaron más de veinte mil paquetes que contenían comida, ropa, libros, revistas, etc. Uno de los destinatarios de estos paquetes fue George Orwell, quien a finales de 1946 escribía a Macdonald tras saber que pronto podrían enviarle un par de zapatos:

“Querido Dwight: Te estoy infinitamente agradecido por los zapatos. Acabo de escribir a mi agente para ver cómo hacerte llegar el dinero. Supongo que sería mejor esperar a ver si el primer par de zapatos son de mi tamaño, aunque creo que los números americanos son los mismos. Probablemente no habrá ningún problema si los envías junto con ropa vieja, como propones. Pero me han dicho que sería buena idea enviar el par de zapatos en paquetes separados, de forma que nadie querrá agenciárselos, a menos que en el muelle esté trabajando algún cojo”.

El último número de politics apareció en invierno de 1949. La sensación de apatía y derrota se apoderó de los círculos intelectuales radicales en la década de los cincuenta, y Macdonald no fue una excepción. La mezcla de desánimo y escepticismo, que impregna las páginas de los tres apéndices que añadió en 1953 a La raíz es el hombre, puede apreciarse en su apoyo -crítico y resignado- a la intervención norteamericana en Corea como único medio para frenar el expansionismo soviético, o en sus declaraciones durante un debate televisado con Norman Mailer en las que afirmaba que, si le obligaban a elegir entre EE UU y la URSS, escogía el primero, postura de la que renegaría más tarde. Eran los años más duros de la Guerra Fría, y Macdonald dejó a un lado la política y se centró en la crítica literaria y cultural, faceta por la que más se le recuerda en la actualidad, en gran medida por sus estudios sobre la cultura de masas y la acuñación del término midcult -a medio camino entre la high cult y la mass cult-, un tipo de cultura industrial masificada, con pretensiones esnob, que consumía la nueva clase media.

Las movilizaciones contra la guerra de Vietnam y el movimiento de los derechos civiles en los años sesenta sacaron a Macdonald de su letargo político. Participó en multitud de charlas y conferencias a lo largo del país, así como en protestas y manifestaciones, como la famosa marcha al Pentágono de 1967 que inmortalizaría su amigo y discípulo Norman Mailer en Los ejércitos de la noche; Mailer no dudaba en señalar a Macdonald como el “maestro” de toda esa generación. Las enseñanzas de Macdonald quedaron plasmadas en los innumerables artículos y ensayos que escribió durante su vida, y el libro que tienes entre las manos ocupa, sin duda, un lugar prominente entre ellos.

Escrito en 1946, La raíz es el hombre anticipó muchos de los temas fundamentales de la Nueva Izquierda de los ’60: la crítica de la burocracia, la tecnología o el totalitarismo soviético. Frente a la fe depositada por los progresistas -socialdemócratas o marxistas- en el centralismo del Estado, el crecimiento económico y el exceso de confianza en el progreso científico, Macdonald apelaba a la creación de un radicalismo fundado en la responsabilidad moral de los individuos, haciendo hincapié en el concepto de límite y en la creación de pequeños grupos que resistieran al poder del Estado y la tiranía de la Ciencia.

Puede que el título de la primera parte de este ensayo, “El marxismo está obsoleto”, hoy día mueva a risa. Pero la suya no era sólo una revisión del marxismo, al que, en 1946, casi nadie osaba plantar cara sin pasarse a las filas de la reacción. Aunque ya no exista ese marxismo ortodoxo, sí que existe, y tiene mucha fuerza, lo que Macdonald denominaba liblabs, los liberal-laboristas, esos que consideran que “sólo los progresistas tienen derecho a la libertad, es decir, quienes estén del lado del ‘pueblo’ y de los ‘trabajadores'”, y que adoran al Estado “siempre que esté de su parte”. ¿Cómo no reconocer a esos viejos liblabs en quienes ahora dicen representar la “nueva política”? ¿En ese marxismo-populismo de nuevo cuño que se presenta como única alternativa al neoliberalismo salvaje, y cuyos lemas “Pan. Trabajo. Industria. Patria”, además de remitir a las corrientes políticas más ignominiosas del siglo veinte, supone la incapacidad de reconocer la naturaleza opresiva del Estado y del desarrollo tecnológico?

La lectura de La raíz es el hombre es uno de los mejores antídotos contra la creencia de que el mejor modo de combatir un modo de vida alienante e insostenible es reforzar el entramado económico-científico-militar, dando una vuelta de tuerca más al poder pantagruélico del Estado. Explorar la senda marcada por Dwight Macdonald es hoy más necesario que nunca.

Salvador Cobo

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Abril de 2017

Orwell, anarquista conservador

Philippe Sollers dice en la revista Le Nouvel Observateur, dos nuevas biografías de George Orwell (George Orwell, Une Vie, Bernard Crick, y Orwell, Anarquista conservador, Jean Claude Michea), además de un autor de 1984 de la colección de textos – El m Guise. Chroniques.

Es decir, Sollers dijo que los libros en la forma de un escritor creativo. No se involucra en el resumen de ellos o evaluar sus fortalezas y debilidades. Buscar una pregunta, un tema que funciona como línea de subliminal de pensamiento, y que conduce a sus preocupaciones como intelectual. Y lo que es esta línea por debajo de la superficie? Un viejo controversias políticas caballo de batalla del siglo 20: con su crítica del estalinismo, Orwell se habría convertido en endurecido anticomunista?

Es totalmente falso, de acuerdo con la interpretación de Sollers. Orwell se ha mantenido siempre crítico, y por lo tanto siempre a la izquierda. Es su tesis. Incluso si Sollers tienen en cuenta que “Orwell fue el primero en entender que el fascismo no era, como todos se fueron repetidas en el tiempo, un cáncer del capitalismo avanzado, pero una perversión siniestra del socialismo.” Vaya, aquí es un punto de controversia. Especialmente cuando está respaldada por una Orwell crónica, en el que señala que, habiendo conocido dentro el funcionamiento de los partidos de izquierda en España, había tomado aversión por la política.

 Puede parecer un comentario anticomunista pero Sollers tratamiento recomendado. Manda releer los textos de Orwell sobre su experiencia con el proletariado Inglés, una reserva de “decencia”, como se dijo y escribió. Un amigo de Orwell, Cyrill Connolly, se quejó de que Orwell no podía sonarse la nariz sin un sermón sobre las malas condiciones de trabajo en las industrias bufandas. Y lo hará allí.

Aquí está el quid de la cuestión: Orwell podía quedarse profunda izquierda justo y sólo porque garantizan por sí mismos la libertad de criticar tanto los actos como el lenguaje de la izquierda. Sollers recuerda que la cuestión de la lengua, en particular, fue una de las obsesiones de Orwell. Sólo recuerde la “neolengua” 1984 forma de dominación que es la apropiación y la distorsión del significado de las palabras, hasta el punto de que una casa de tortura podría ser llamado el Ministerio del Amor, o algo por el estilo. Cuando las palabras pierden su significado, el hombre también se pierde. La crítica implacable puede ser un antídoto a esta deshumanización – esto es lo que, en esencia, que se celebra este anarquista conservador.

(Cultura, Revista de Revistas, 09/28/08)

Orwell y Huxley, dos anarquistas en las aulas de Eton

ALBERTO ROJAS

Sus fábulas están marcadas en los programas escolares de medio mundo, al menos del medio mundo libre, como las más importantes de la novela utópica. Junto con ‘Fahrenheit 451’ de Bradbury o ‘El castillo’ de Frank Kafka, los terroríficos relatos de George Orwell y Aldous Huxley causan en el lector las mismas reacciones que las píldoras que Morfeo le ofrece a Neo en ‘Matrix’. Con la pastilla roja uno elige quedarse para siempre en el cómodo mundo en el que vive. Pero si se escoge la azul, uno debe estar preparado para acceder a la auténtica verdad. Éso es lo que ofrecen ‘1984’ y ‘Un mundo feliz’, las ‘píldoras azules’ de la literatura: el conocimiento de los ‘tics’ que usa el poder para perpetuarse, la caja de herramientas de las dictaduras para instrumentalizar el terror.

La vida de estos dos autores discurrió por caminos muy distintos y distantes, pero coincidentes en un punto clave de sus existencias: la juventud. Fue en septiembre de 1917 en las aulas del elitista colegio Eton, cuna académica de príncipes ingleses, primeros ministros y premios Nobel. Cursaba su último año de secundaria Eric Blair, de 17 años, un alumno callado, solitario enfermizamente tímido, reservado hasta el extremo, que después se convertiría en el escritor George Orwell. Ese mismo septiembre se incorporó al colegio un nuevo profesor de francés: Aldous Huxley, de 23 años, recién graduado en Oxford, de verbo torrencial, ilusión a prueba de bombas y maneras un tanto desconcertantes para el resto de profesores, algo parecido al personaje que interpreta Robin Williams en ‘El club de los poetas muertos’: inspirador para los estudiantes, demasiado rompedor para una institución tan conservadora.

Huxley pertenecía a una de las familias de intelectuales más importantes de Inglaterra: por parte paterna, su abuelo fue el célebre biólogo británico Thomas Henry Huxley y su padre, Leonard Huxley, biólogo también, dirigió la revista Cornhill Magazine. Su madre, Julia Arnold, una de las primeras mujeres en estudiar en Oxford, era nieta del poeta Matthew Arnold. Su hermano, Sir Julian S. Huxley, fue el primer director de la Unesco. Orwell era lo que se conoccía como un inglés colonial. Nació en la India, en 1903. Era hijo de Ida Blair, de ascendencia birmana y de Richard Walmsley, administrador del departamento de opio del Gobierno indio.

Poco se sabe de la relación entre Orwell y Huxley. Algunos compañeros aseguran que existió entre ellos un vínculo mayor que el de profesor-alumno, que los escasos seis años que los separaban no fueron distancia para que se gestara entre ellos una verdadera amistad. No es raro que las ideas anarquistas de Huxley calaran en el pensamiento del autor de ‘1984’, aunque Orwell aún no tenía en la cabeza el dedicarse a la escritura. Cuando se graduó en Eton despreció la Universidad y se enroló en la policía colonial de Birmania. Por su parte, como era de esperar, Huxley sólo duró un curso en Eton. Sus colegas lo recuerdan como un profesor al que le costaba mantener la disciplina en clase, desmotivado, con métodos absurdos…

No volvieron a cruzarse nunca. Orwell hizo de todo: bohemio en París, maestro de escuela en Londres, reportero en la Guerra Civil española, soldado de la Home Guard en la Segunda Guerra Mundial… Pese a su participación a favor de la República española, su experiencia en Cataluña le convenció del terror quese avecinaba con Stalin. Esa reacción al feroz control estatal que practicaba la URSS le llevó a escribir ‘Rebelión en la granja’ y ‘1984’. Orwell nunca reconoció la influencia de Huxley, ya que reconocía que su estilo se parecía más al de Somerset Maugham, aunque sentía admiración por otro ‘utópico’, Jonathan Swift. Por su parte, Huxley se mudó a California en 1937 y, gracias a sus ideas pacifistas, a su vegetarianismo militante y a su apología de las drogas psicodélicas, se convirtió en uno de los padres del ‘hippismo’.

 

Variaciones sobre George Orwell

Carlos Solero

George Orwell, autor de ficciones, ensayista y periodista muchas veces vapuleado por las sectas de autoritarios de diverso pelaje y calumniado y difamado por apologistas del sistema establecido, continúa brindando múltiples elementos que aportar a nuestros análisis de la realidad social contemporánea. Este señalamiento es inquietante pero real, patéticamente real. 

Eric Blair nació en Motihari, Raj Británico [nombre que se daba a la India bajo dominio colonial inglés], el 25 de junio de 1903, y murió en Londres el 21 de enero de 1950. Pero su nombre dice poco, nada en realidad que haga presumir de quién se trata. George Orwell, en cambio, el alias que adoptó en Londres hacia 1932/33 cuando decidió que además de periodista y profesor se transformaría en escritor dando a conocer con cautela su novela Los desplazados, nos pone frente a un agudo crítico de la realidad de su tiempo.

En esta obra, también conocida como Sin Blanca en París y Londres, en la que narra sus desventuras entre los marginados por las clases acomodadas y dominantes de estas capitales europeas, Orwell muestra el revés de la trama social, el submundo de los que buscan el sustento entre los residuos, las mujeres obligadas a la prostitución y los habitantes de sórdidas pensiones.

Es también en esta época que elabora la novela Que no muera la aspisdistra, una irónica y mordaz obra que retrata casi como en un estudio etnográfico las clases sociales de Londres, sus fantasías, deseos y frustraciones, las desigualdades y la mediocridad a que la sociedad mercantil capitalista condena a la mayoría de la población laboriosa.

Podemos decir que por el talante existencialista de esta novela Orwell está en sintonía con el Jean Paul Sartre que publica La náusea y el Albert Camus que escribe El extranjero: la literatura les permite una reflexión filosófica agónica y lúcida sobre la condición humana.

George Orwell alterna su labor de docente con la de periodista, crítico literario y escritor de carácter social.

Su compromiso

Desatada la Guerra Civil en España (1936-1939), Orwell viajó para participar primero como cronista y luego como miliciano internacionalista a favor de los antifascistas y republicanos. Su experiencia en el frente de Aragón y Barcelona, bajo control primero de los anarquistas de la CNTFAI y luego de los bolcheviques, quedó plasmada en el libro Homenaje a Cataluña.

Para Orwell, la participación activa en la lucha antifascista, la vivencia de un aunque breve intenso período revolucionario encabezado por obreros y campesinos y la traición de la URSS encabezada por Stalin será definitoria de sus escritos posteriores, como Rebelión en la granja y 1984.

En efecto, La granja de los animales o Rebelión en la granja [las dos maneras en que se ha traducido el título al castellano], concebida como una fábula política, ilustra acerca de cómo un movimiento revolucionario radical muta en el entronizamiento de una élite despótica montada sobre los principios de igualdad. Orwell muestra cómo se opera un cambio en la subjetividad a partir del goce de privilegios por parte de una minoría opresora del resto.

1984, obra de ficción anticipatoria, es un alegato contra todo totalitarismo, no sólo el encarnado por el estalinismo. Orwell es contemporáneo al pacto Von Ribbentopp-Molotov entre Stalin y Hitler, pero también de la tolerancia cómplice de las democracias occidentales de EE. UU., Inglaterra y Francia, que dejaron germinar al fascismo mussoliniano, al nazismo alemán y al expansionismo japonés.

El “doble lenguaje”, el control omnipresente de los Estados, la paranoia de los tecno-burócratas, la resistencia de los disidentes, todo esto y mucho más están en las páginas de este monumental e imperecedero libro.

La obra de George Orwell, el nombre literario de Eric Blair, aún interpela nuestra subjetividad y nos incita a una profunda reflexión sobre la condición humana de nuestro tiempo y los múltiples desafíos a afrontar.

Orwell revisitado

En un ciclo organizado por la Biblioteca y Archivo Histórico Social Alberto Ghiraldo [en Rosario, Argentina] se proyectó una de las versiones de la película “1984”, filme basado en la novela que George Orwell escribiera en 1948. Reencontrarnos con esa distopía dispara algunas reflexiones sobre la escena contemporánea.

Resulta escalofriante observar cómo muchas de las cuestiones planteadas en la novela y también en el filme no sólo ocurrieron en lugares como la ex URSS, sino que también se dieron durante en Italia durante la etapa del fascismo mussoliniano y en la Alemania bajo el liderazgo omnipotente y omnipresente de Adolfo Hitler y sus temibles SS.

Ahora bien: las sociedades del capitalismo avanzado como por ejemplo Estados Unidos de Norteamérica o Inglaterra, caben perfectamente en el molde de la distopía orwelliana. También muchas de las sociedades asiáticas como China y los sultanatos árabes, Corea y países de Latinoamérica durante las dictaduras cívico-militares, o bien bajo el imperio de regímenes populistas con fuerte culto a la personalidad de los jerarcas entronizados.

En efecto, el personaje principal de 1984, Winston Smith, tiene como función trabajando en el Ministerio de la Verdad la de “actualizar”, rectificar los datos del periódico de mayor circulación que opera como vocero oficial del gobierno de Oceanía.

La telepantalla, instalada en todos los edificios y viviendas, anuncia sobre las victorias del régimen dominante en las guerras permanentes y a su vez vocifera el exitoso alcance de las metas fijadas por los jerarcas dominantes. La imagen del Gran Hermano también está esparcida en todos los ámbitos.

Hoy las telecámaras son parte del paisaje cotidiano: lugares de trabajo y vivienda, edificios públicos y privados están plagados de estos artefactos. Lo grave es que la población los acepta sin cuestionamientos, mansa y hasta servilmente.

Para quien lea la novela 1984 o lea los ensayos políticos de Orwell resultará evidente que las palabras o imágenes allí contenidas no son sólo ficción sino patéticas realidades contra las que es un imperativo ético impostergable resistir y rebelarse.

La obra de George Orwell aún interpela nuestra subjetividad, nos incita a una profunda reflexión sobre la condición humana de nuestro tiempo y los múltiples desafíos a afrontar.