Ramón J. Sender (Ramón José Sender Garcés) (1901-1982)

Ramón J. Sender (Ramón José Sender Garcés) (Vida y obra)

Ramón José Sender Garcés (1901-1982) Nacio el 3 de febrero de 1901 en Chalamera, Huesca, Aragon (España)  y murió el  16 de enero de 1982 en San Diego, (Estados Unidos), conocido como Ramón J. Sender.

Fue un escritor español, padre del escritor, músico y artista Ramón Sender Barayón, abuelo del diseñador Sol Sender (autor del logo de la campaña del presidente Obama) y tío del actor y cómico Raúl Sender.

Biografia.

Origenes

Hijo de terratenientes acomodados (su madre era maestra y su padre secretario de ayuntamiento), pasó su infancia en los pueblos aragoneses de Chalamera, Alcolea de Cincay Tauste, donde su padre trabajaba. Ramón nunca consiguió sintonizar con la actitud autoritaria de su padre, como cuenta en sus memorias noveladas “Crónica del alba.”

A los diez años (1911) comenzó el bachillerato como alumno libre; el capellán del convento de Santa Clara de Tauste, Mosén Joaquín, dirigió sus estudios, de los cuales se examinó en un Instituto de Zaragoza. Más tarde, su padre lo envió al internado de alumnos de los frailes de San Pedro Apóstol de Reus. La familia se trasladó a Zaragoza y allí cursó quinto y sexto de bachiller, pero al estallar los desórdenes estudiantiles se le echaron injustamente las culpas y le suspendieron todas las asignaturas, de forma que tuvo que acabar los estudios en Alcañiz (Teruel); allí se mantuvo trabajando como mancebo de botica, porque se había enemistado con su padre.

Madrid.

Acabado el bachillerato, en 1918 (con diecisiete años) se trasladó a Madrid, solo y sin dinero, de forma que tuvo que dormir al raso en un banco del Retiro durante tres meses, lavándose en las fuentes y duchándose en las duchas del Ateneo, adonde iba diariamente a leer y escribir. Se inició en la literatura a esa edad, elaborando artículos y cuentos que publicaba bajo seudónimo en “El Imparcial”, “El País”, “España Nueva” y “La Tribuna”, en el que apareció su primer trabajo, el cuento “Las brujas del compromiso”. Para completar tan menudos ingresos, empezó a trabajar de nuevo como mancebo de botica. Por entonces se matriculó en Filosofía y Letras en Madrid, pero no pudo sostener esa rutina y disciplina y abandonó los estudios para formarse por su cuenta leyendo vorazmente en las bibliotecas y comprando libros cuando podía; compartió esa vocación de escritor con su vocación política y las actividades revolucionarias con grupos de obreros anarquistas.

Regreso forzado a Huesca.

Pero su padre José Sender fue a Madrid y sacó de esa vida a su precoz hijo obligándole legalmente a volver a casa, ya que era menor de edad.

En Huesca se consagró entonces a la dirección de un diario, La Tierra”, que formaba parte de la Asociación de Labradores y Ganaderos del Alto Aragón; no tenía edad para dirigirlo, así que la dirección nominal la desempeñaba un abogado amigo suyo.

Guerra de Marruecos.

Al cumplir los 21 años (1922) tuvo que ingresar en el ejército, donde pasó de soldado a cabo, de cabo a sargento, de sargento a suboficial y de suboficial a alférez de complemento en la Guerra de Marruecos entre 1922 y 1924. Al regresar de Marruecos libre ya del servicio militar, ingresó en la redacción del prestigioso diario “El Sol” como redactor y corrector desde 1924 a 1930. En estas fechas era ya un periodista muy cotizado y de sus novelas, especialmente “Imán”, basada en la guerra de Marruecos, y traducida a varias lenguas, se hicieron grandes tiradas.

Colaboró además en los periódicos libertarios de la Confederación Nacional del Trabajo Solidaridad Obrera” y “La Libertad” y siguio militando en el anarquismo, de forma que fue a parar a la Cárcel Modelo de Madrid en 1927 a los 26 años por sus actividades contra el general Primo de Rivera.

Guerra Civil.

La Guerra Civil lo sorprendió veraneando con su mujer, Amparo Barayón, y sus dos hijos, Ramón de dos años y Andrea de seis meses, en San Rafael, pueblo segoviano en la sierra del Guadarrama. Al ocupar los insurgentes esta zona, decidieron separarse: su mujer e hijos fueron a Zamora con la familia de ella, que era muy conservadora, y él atravesó arriesgadamente el frente y se incorporó como soldado a una columna republicana que llegaba de Madrid a la Sierra de Guadarrama.

En el mes de octubre fusilaron a su mujer en Zamora, al no poderle apresar a él, siendo él suboficial de infantería según consta en la gaceta de Madrid, aunque Sender no tuvo noticia de ello hasta 2 meses después, en diciembre de 1936.

Al quedar sus hijos desamparados en zona franquista, ya en 1937, pasó a Francia y los recuperó en Bayona por medio de la Cruz Roja Internacional. Allí los dejó al amparo de dos muchachas aragonesas y marchó a Barcelona, pidiendo que le enviaran al frente de Aragón, en el río Segre, con las tropas anarquistas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), pero los comunistas se hallaban peleados con los sindicalistas y desconfiaban de Sender, de forma que no se lo permitieron.

Según Líster1​ el origen de esta desconfianza habría tenido lugar el 29 de octubre de 1936. Enrique Líster recuerda que Sender era su Jefe de Estado Mayor de la 1.ª Brigada Mixta en el frente de Villaverde. En el momento de mayor intensidad del ataque enemigo Líster estuvo a punto de quedar cercado y Ramón J. Sender, dando el combate por perdido, habría abandonado su puesto e ido a su piso en el centro de Madrid a descansar tranquilamente. Al día siguiente se habría presentado en el cuartel del Quinto Regimiento en la calle Francos Rodríguez con una segunda estrella de coronel que le habría otorgado Líster antes de morir. Pero Líster no había muerto y habría dejado en evidencia esta treta con la que Sender buscaría lograr un ascenso inmerecido. La generosidad de Líster le habría evitado un Consejo de Guerra y la cobardía se habría saldado con un descenso en el escalafón militar.

Sin embargo, para la hispanista Donatella Pini Moro la narración anterior es un montaje.2​ Su prueba principal es que dos meses después del supuesto incidente, el 31 de diciembre de 1936, el Boletín de la Primera Brigada Mixta glosó elogiosamente a Sender en su primera página. El motivo para dicho montaje, posterior al 31 de diciembre de 1936, habría sido la negativa de Sender a seguir fielmente las directrices propagandísticas comunistas.3

En cualquier caso, cuando Sender tuvo conocimiento de la muerte de Amparo se apartó del ejército, marchó a Barcelona y desde allí consiguió viajar a Francia y estar dos meses con sus hijos. El gobierno republicano lo envió a Estados Unidos a dar una serie de conferencias en universidades y otros centros para presentar la causa de la República. Luego se le encargó la fundación en París de una revista de propaganda de guerra titulada “La Voz de Madrid” y ya no regresó. Estuvo viviendo en Orsay, cerca de París, de los derechos de autor que tenía depositados en el extranjero y aunque ofreció varias veces sus servicios a los comunistas, éstos ya no contaron con él; sólo cuando Barcelona cayó en poder de Franco decidió exiliarse con sus hijos en México.

Exilio.

Ramon J Sender.jpgTras pasar por un campo de concentración, llegó en 1939 a Nueva York y confió sus hijos al matrimonio West; él marchó solo a México, donde fundó y dirigió Ediciones Quetzal. En esta editorial publicó varias novelas suyas.

En 1942 volvió a Estados Unidos con una beca Guggenheim. Primero estuvo en Santa Fe (Nuevo México), y colaboró en un proyecto de investigación hispano-interamericana de la Universidad de Nuevo México en Las Vegas.

El 12 de agosto de 1943 contrajo segundas nupcias con Florence Hall, una empleada del despacho de Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado de los EE.UU. en Washington y tuvo otros dos hijos, pero las constantes infidelidades por su parte motivarán la disolución de su familia. Ese mismo año lo nombraron miembro correspondiente de la Hispanic Society of America.

Durante el curso académico 1943-44 dio clases en las Universidades de Denver, Colorado y Harvard y en el de 1944-45 enseñó literatura española en el Amherst College de Massachusetts. Los dos años siguientes los pasó en Nueva York con sus hijos.

En 1946 se naturalizó estadounidense y en septiembre de 1947 tomó posesión de la cátedra de Literatura Española de la Universidad de Nuevo Méjico en Albuquerque, que desempeñó dieciséis años seguidos y donde tuvo como alumna a la escritora Lucia Berlin. También dio cursillos de verano en otras (Ohio en 1951, Puerto Rico en 1961 y 1962, Washington en 1967 y Míchigan en 1968).

En septiembre de 1963 se divorció de Florence Hall y se fue de Albuquerque, pero volvió a la enseñanza en la Universidad de California del Sur en San Diego entre 1965 y 1971. Ya en 1968 hace su primera visita a España que luego repite; pero en 1981 aúnque sigue en San Diego.4

Durante su estancia en Estados Unidos padeció entre 1950 y 1954 la Caza de brujas con la que el senador ultraderechista Joseph McCarthy quiso «limpiar de rojos» el país. Ramón J. Sender se vio forzado a firmar un furibundo manifiesto anticomunista para no perder su empleo en la Universidad de San Diego.

Sobre esta última época de su vida es reveladora la activa correspondencia que intercambió con la escritora Carmen Laforet, a quien conoció cuando ella viajó a los Estados Unidos en 1965; ahí se testimonia la grandeza y generosidad de Sender, y su difícil o imposible acomodamiento a la realidad de la vejez.

En esta etapa su producción literaria aumentó considerablemente. Convertido en apolítico para no ser depurado por McCarthy (dirá a Laforet «sólo guardo rencor a ese césar pequeñito»), regresó a España cuando le concedieron el Premio Planeta por “En la vida de Ignacio Morell”(1969) (Franco había decretado ese año una amnistía para todos los crímenes cometidos en la Guerra Civil) y pasó allí largas temporadas a partir de 1976, declarando su intención de volver de nuevo para fijar ya su residencia en su país natal.

En 1980 solicitó desde San Diego, (California) recuperar la nacionalidad española y renunciar a su nacionalidad estadounidense. Murió dos años después en Estados Unidos, el 16 de enero de 1982.

Sus escritos.

Primeras novelas.

Sus primeras novelas sostienen ideologías revolucionarias y constituyen reportajes del agitado medio social: “Imán” (1930), novela sobre la Guerra de Marruecos, “Orden público”, novela de la cárcel (1932), “Siete domingos rojos”, basada en la historia del movimiento anarquista español (1932), “Viaje a la aldea del crimen” (1935) sobre la represión gubernamental contra los jornaleros libertarios de Casas Viejas y “Míster Witt en el cantón” (1935), sobre el movimiento cantonalista de Cartagena acaudillado por Roque Barcia, por la que recibió el Premio Nacional de Literatura.

Cofundador el 11 de febrero de 1933 de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, creada en unos tiempos en que la derecha sostenía un tono condenatorio en relación a los relatos sobre las conquistas y los problemas del socialismo en la URSS.

En 1935 publicó durante los meses de agosto, septiembre y octubre una revista llamada “Tensor” de información literaria y de orientación comunista.5

Reseña de algunas obras.

Al tema de la guerra civil dedicó obras como: “Contraataque” (1938), “El rey y la reina” (1947), “Los cinco libros de Ariadna” (1957) y “Réquiem por un campesino español” 6​ (primero impreso como Mosén Millán en 1953, y luego con el título definitivo en 1960), así como las últimas tres novelas de su enealogía “Crónica del alba” (1943), que es también y en conjunto una novela autobiográfica y bildungsroman o novela de aprendizaje que describe la infancia, adolescencia y compromiso político de un muchacho que posee el nombre de José Garcés (el nombre completo de Ramón J. Sender era Ramón José Sender Garcés). Los nueve libros se agrupan en tres tomos de tres novelas cortas cada uno:

  • I. Crónica del alba, Hipógrifo violento, La Quinta Julieta
  • II: El mancebo y los héroes, La onza de oro, Los niveles del existir
  • III: Los términos del presagio, La orilla donde los locos sonríen, La vida comienza ahora

Entre 1942 y 1966. Comienza con la descripción de la infancia del protagonista, José Garcés, en un pueblo aragonés de la España de la preguerra, donde conoce al gran amor de su vida, Valentina, amor que estorban como pueden los padres de ella, de estrechos criterios burgueses, pero que el chaval encuentra la manera de proseguir por medio de palomas mensajeras y mensajes de banderas. El autor se acerca a veces al realismo mágico al describir una excursión al castillo de Sancho Abarca. En el segundo libro el chico se encuentra interno en un colegio de jesuitas, donde traba amistad con el «hermano lego», un hombre cordial que cultiva cierta vanidad en su pasatiempo preferido, la escultura. Ahora el punto de vista es el de un adolescente enamorado. Pepe se encuentra con la religión y descubre lo importante que es. Después regresa a casa de sus padres en Zaragoza; empieza a trabajar como mancebo de botica y, a pesar de seguir enamorado de Valentina, tiene una relación con una chica proletaria; descubre las injusticias sociales y el sindicalismo. Más tarde se verá envuelto en la Guerra Civil.

La obra ha sido llevada al cine y a la televisión varias veces y junto con “La forja de un rebelde” de Arturo Barea, es sin duda el mejor libro de narrativa del exilio literario republicano. También posee contenidos autobiográficos “Monte Odina” (1981).

Ramón J. Sender fue un autor de una inspiración y fecundidad torrenciales. Aunque cultivó también la lírica y el ensayo, su producción novelística es extensísima y variadísima en estructuras y géneros. Comenzó cultivando una novela-reportaje de inspiración social y procedimientos realistas; luego utilizó un tipo de narración alegórica con pretensiones unas veces satíricas, en otras ocasiones filosóficas y con frecuencia poéticas; también fundió ambos tipos de inspiración en otras obras.

Luego se orientó hacia la novela histórica y el autobiografismo. Fuera de las ya mencionadas obras sobre la Guerra Civil, unas veces cultivó los temas americanos, como en “Epitalamio del prieto Trinidad” (1942) y otras la novela histórica, como en “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre” (1964), “Bizancio” (1958), sobre la expedición de los almogávares mercenarios de Roger de Flor al Imperio bizantino de Andrónico II Paleólogo en plena Edad Media, “Carolus Rex” (1963), sobre el reinado de Carlos II de España, o “El bandido adolescente” (1965), sobre la historia del forajido Billy el Niño y su capturador, Pat Garrett. “El Mechudo y la llorona” (1977).

Otras de sus obras son: “El verdugo afable” (1952), “En la vida de Ignacio Morell”, por el que ganó el Premio Planeta en 1969 y que no es su mejor obra, y “La tesis de Nancy” (1969), novela humorística cuya comicidad deriva del contraste entre la mentalidad y costumbres estadounidenses y la mentalidad y costumbres castizas españolas, y que, dado su éxito, el autor decidió continuar con “Nancy, doctora en gitanería” (1974) y “Nancy y el Bato loco” (1974).

También cultivó el relato corto, que reunió en las colecciones “Mexicayotl” (1940), “La llave” (1960), “Novelas ejemplares de Cíbola” (1961), “Cabrerizas Altas” (1966), “Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas” (1967), “El extraño señor Photynos y otras narraciones americanas” (1968), “Novelas del otro jueves” (1969) y “Relatos fronterizos” (1970).

Obra literaria.

Narrativa.

Años 30.

  • Imán (1930)
  • El verbo se hizo sexo: Teresa de Jesús (1931)
  • O.P. (Orden Público) (1931)
  • Siete domingos rojos (1932)
  • Viaje a la aldea del crimen (1934)
  • La noche de las cien cabezas (1934)
  • Míster Witt en el cantón (1935)
  • Proverbio de la muerte (1939). En 1947 se editó modificada bajo el título de La Esfera. En 1969 apareció la edición definitiva de La Esfera
  • Contraataque (1938)
  • El lugar de un hombre (1939), revisada en 1958

Años 40.

  • Mexicayoti (1940)
  • El viento de la Moncloa (1940)
  • Crónica del alba (1942-1966)
    • I – Crónica del alba. Hipógrifo violento. La «Quinta Julieta».
    • II – El mancebo y los héroes. La onza de oro. Los niveles del existir.
    • III – Los términos del presagio. La orilla donde los locos sonríen. La vida comienza ahora
  • Epitalamio del prieto Trinidad (1942)
  • La Esfera (1947)
  • El rey y la reina (1948)

Años 50.

Años 60.

  • La llave (1960)
  • Novelas ejemplares de Cíbola (1961)
  • La luna de los perros (1962)
  • Carolus Rex (1963)
  • Los tontos de la Concepción (1963)
  • Jubileo en el Zócalo (1964)
  • La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964)
  • El bandido adolescente (1965)
  • Cabrerizas Altas (1965)
  • Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas (1967)
  • Tres novelas teresianas (1967)
  • Las criaturas saturnianas (1968)
  • El extraño señor Photynos y otras narraciones americanas (1968)
  • Novelas del otro jueves (1969)
  • La tesis de Nancy (1962),7​ a la que siguieron Nancy, doctora en gitanería (1974), Nancy y el Bato loco (1974), Gloria y vejamen de Nancy (1977) y Epílogo a Nancy: bajo el signo de Taurus, (1979)
  • Nocturno de los catorce (1969)
  • En la vida de Ignacio Morell (1969)

Años 70.

  • Relatos fronterizos (1970)
  • Zu, el ángel anfibio (1970)
  • La Antesala (1971)
  • Tanit (1972)
  • El fugitivo (1972)
  • Túpac Amaru (1973)
  • Una Virgen llama a tu puerta (1973)
  • Cronus y la señora con rabo (1974)
  • Las tres Sorores (1974)
  • La mesa de las tres moiras (1974)
  • La Efemérides (1976)
  • Arlene y la gaya ciencia (1976)
  • El pez de oro (1976)
  • El alarido de Yaurí (1977)
  • El Mechudo y la llorona (1977)
  • Adela y yo (1978)
  • El superviviente (1978)
  • Solanar y lucernario aragoneses (1978)
  • La mirada inmóvil (1979)
  • Por qué no se suicidan las ballenas (1979)

Años 80.

  • Ramú y los animales propicios (1980)
  • La muñeca en la vitrina (1980)
  • Monte Odina (1980)
  • El zodiacal en el parque (1980)
  • Una hoguera en la noche (1980)
  • La Cisterna de Chichen Itzá (1981)
  • Chandrío en la Plaza de las Cortes (1981)
  • El jinete y la yegua nocturna (1982)

Obras póstumas.

  • Álbum de radiografías secretas (1982)
  • Hughes y el once negro (1984)
  • Toque de queda (1985)

Ensayo.

  • El problema religioso en México; católicos y cristianos (1928)
  • Madrid-Moscú, narraciones de viaje (1934)
  • Carta de Moscú sobre el amor (1934)
  • UnamunoValle InclánBaroja y Santayana (1955)
  • Examen de ingenios. Los noventayochos (1961)
  • Valle Inclán y la dificultad de la tragedia (1965)
  • Ensayos sobre el infringimiento cristiano (1967)
  • Tres ejemplos de amor y una teoría (1969)
  • América antes de Colón (1930)
  • Teatro de masas (1932)
  • Proclamación de la sonrisa (1934)

Teatro.

  • La llave («teatro de guerra o de urgencia»).
  • El secreto («teatro de guerra o de urgencia»).
  • La fotografía («teatro de guerra o de urgencia»).
  • La casa de Lot («teatro de guerra o de urgencia»).
  • Hernán Cortés (1940).
  • El Diantre, tragicomedia para el cine según un cuento de Andreiev (1958).
  • Los antofogastas, Donde crece la marihuana (1967).
  • Don Juan en la mancebía, drama litúrgico en cuatro actos (1968).
  • Donde crece la marihuana.
  • Los laureles de Anselmo (1958) «novela escénica».
  • Jubileo en el zócalo (1966) «novela escénica».

Lírica.

  • Las imágenes migratorias (1960)
  • Libro armilar de poesía y memorias bisiestas (1973)

Referencias.

  1. Líster Forján, Enrique (1977). Memorias de un luchador. Ed. Silente. ISBN 8495820994.
  2. Pini Moro, Donatella. «La degradación de Sender, un montaje» (pdf). Consultado el 8 de febrero de 2012.
  3. Dueñas Lorente, José Domingo. «Reseña bibliográfica» (pdf). Consultado el 8 de febrero de 2012.
  4. Sender Garcés, Ramón José, Gran Enciclopedia Aragonesa.
  5. Conte, Rafael (22 de diciembre de 2001). «Un centenario interminable»Babelia (El País). Consultado el 8 de febrero de 2012.
  6. Martínez Jiménez, José Antonio; Muñoz Marquina, Francisco; Sarrión Mora, Miguel Ángel (2011). «Las formas del discuros. La descripción (I)». Lengua Castellana y Literatura (Akal edición). Madrid: Akal Sociedad Anónima. p. 131. ISBN 9788446033677.
  7. Arroyo Cantón, Carlos; Berlato Rodríguez, Perla (2012). «La comunicación». En Averbuj, Deborah. Lengua castellana y Literatura. España: Oxford University Press. p. 407. ISBN 9788467367966.

Bibliografía.

  • Monesma, Eugenio (2001). «Miradas de una vida» Biografía de Sender en DVD. Duración: 1 Hora. Huesca: Pyrene Pv Sl.
  • Pini Moro, Donatella (1994). Ramón J. Sender tra la guerra e l’esilio (en italiano). Edizione dell’Orso.

Enlaces externos.

 


Grupo de mujeres y niños, familiares de los asesinados en Casas Viejas, aparecida en el Diario de Cádiz en febrero de 1933. Foto: Leonardo (Leonardo Zambonino Cano, fotógrafo masón asesinado en el verano de 1936)
Grupo de mujeres y niños, familiares de los asesinados en Casas Viejas, aparecida en el Diario de Cádiz en febrero de 1933. Foto: Leonardo (Leonardo Zambonino Cano, fotógrafo masón asesinado en el verano de 1936)

Ramón J. Sender en Casas Viejas

En enero de 1933, el periodista y novelista Ramón J. Sender (1901-1982) viaja en avión desde Madrid para reconstruir, como enviado especial del periódico “La Libertad”, la matanza de campesinos que ha ocurrido una semana antes en la aldea gaditana de Casas Viejas o Benalup de Sidonia, que entonces pertenecía al municipio de Medina Sidonia. Allí, tropas de asalto enviadas por el gobierno de la joven II República presidido por Manuel Azaña han aplastado el intento de los jornaleros anarquistas de la  Confederación Nacional del Trabajo (CNT) de instaurar un comunismo libertario que los haga dueños de la tierra, acaparada por propietarios de origen feudal como el duque de Medinaceli (el mayor terrateniente de la época, con más de 74.000 hectáreas).

       Este episodio de represión criminal de los pobres por uniformados al servicio de las clases dominantes se convirtió en un hito del siglo XX español gracias en parte al esfuerzo de Sender y otros por revelar lo ocurrido en esta lejana aldea del sur. Casas Viejas, seña de identidad del movimiento campesino y anarquista, provoca un debate nacional, un polémico proceso judicial y la caída del gobierno de coalición republicano-socialista, pero, sobre todo, prefigura la violencia que va a estallar, multiplicada ad nauseam, apenas tres años y medio después en toda España. Incluso se repiten algunos protagonistas. Al frente de los guardias de asalto y guardias civiles que reprimen la insurrección de Casas Viejas, reventando por dentro en la práctica la experiencia democrática de la República, está el siniestro capitán Manuel Rojas Feigenspan (o Feijespan), al que en 1936 encontraremos como jefe de las milicias falangistas en Granada mientras se suceden las detenciones y fusilamientos masivos de republicanos, entre ellos el de Federico García Lorca. Rojas, encarcelado en marzo de 1933 por fusilar a sangre fría a doce jornaleros detenidos en Casas Viejas, salió libre en enero de 1936 al aplicarle el Tribunal Supremo la eximente incompleta de obediencia debida y calificar los asesinatos de simples homicidios.

       Sender, que viaja a Casas Viejas con el también periodista Eduardo de Guzmán, del periódico “La Tierra”, llega a una aldea en estado de shock en la que aún están frescas las cenizas de la choza quemada de Francisco Cruz Gutiérrez, Seisdedos. El líder jornalero y sus compañeros han secundado el 11 de enero la revolución libertaria anarco-sindicalista convocada por la CNT que ellos creen que ha triunfado en todo el país, han asaltado el cuartel local de la Guardia Civil y matado a dos agentes en la refriega, pero las fuerzas de seguridad enviadas desde Madrid y Cádiz han sofocado la rebelión a las pocas horas y él y varios familiares se han refugiado sin escapatoria en su humilde hogar. Allí han muerto, acorralados, tiroteados y quemados hasta carbonizarse. De esa choza sólo han escapado vivos al cerco la nieta de Seisdedos, María Silva Cruz La Libertaria, de 16 años, y un niño (a La Libertaria la asesinarían los golpistas al inicio de la Guerra Civil). No satisfecho con haber eliminado a los resistentes de la choza, el día 12 el capitán Rojas ordena una razzia para escarmentar al pueblo. Sacan al azar de sus casas a jornaleros que no han huido al campo y Rojas ejecuta en persona y por medio de sus agentes a doce, diez de ellos en el recinto aún con rescoldos de la vivienda de Seisdedos.

       El enviado especial de La Libertaria habla con los familiares de las víctimas, con las autoridades, con los investigadores, con miembros de las familias propietarias del pueblo que ven ahora a salvo sus fincas y privilegios y se muestran recelosos y hostiles hacia los dos periodistas intrusos de izquierdas; recorre y describe las calles pobres de Casas Viejas, las chozas entre chumberas de sus jornaleros sin trabajo, los hierros retorcidos de la cama de Seisdedos como metáfora del sueño derretido en pesadilla; indaga en las raíces de la sublevación popular, las condiciones de vida miserables de estos parados sin tierra, y con todo ello escribe y publica por entregas en su periódico a partir del 19 de enero de 1933 (una semana después de la matanza) una serie formada por diez reportajes con 49 episodios. Un material extraordinario que poco después reelaborará (ampliando, recortando, corrigiendo los textos a la luz del avance de la investigación judicial y parlamentaria) para publicarlo en forma de libro. Primero en el volumen Casas Viejas, todavía en 1933, y un año después en una nueva versión, Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas).

       Desde la choza como epicentro del relato, Sender cuenta (con su estilo ágil, seco y tan crudo como la realidad que describe) que “al olor de maderas quemadas sucedió el de la carne” y que los jornaleros asesinados tenían los “rostros afilados por el hambre y por la muerte”, y funde su visión analítica y precisa con la emocionante frescura del habla popular de esas madres andaluzas que lloran a sus hijos muertos.

       A continuación reproducimos un fragmento de su libro-reportaje “Viaje a la aldea del crimen”, extraído de la edición del año 2000 que publicó Ediciones Vosa en Madrid con estupenda introducción del experto en Sender José María Salguero Rodríguez, un fragmento en el que el periodista narra el final sangriento del asedio a la choza de Seisdedos y el posterior castigo colectivo en forma de fusilamientos, contándolo como un narrador omnisciente primero antes de dar la palabra a los familiares de las víctimas y reproducir sus testimonios sin apenas artificios retóricos.

       Para indagar más sobre el pasado de este pueblo emblemático de Cádiz, que hoy en día es un municipio independiente llamado Benalup-Casas Viejas, aconsejamos al lector el reciente libro “Los sucesos de Casas Viejas en la historia, la literatura y la prensa” (1933-2008), editado por el Ayuntamiento, la Diputación de Cádiz y la Fundación Casas Viejas 1933 y coordinado por Gérard Brey y José Luis Gutiérrez Molina. También, el libro-reportaje “Después de Casas Viejas (Argos Vergara, 1984), en el que el periodista Antonio Ramos Espejo, ya en democracia, regresaba medio siglo después del crimen para contar qué había cambiado y qué seguía más o menos igual (como la reforma agraria pendiente y la población empobrecida), y localizaba a aquel niño superviviente que escapó de la choza, Manuel García Franco, a los testigos de lo ocurrido y a sus descendientes. Entre éstos destaca Juan, el hijo de María Silva Cruz, La Libertaria, y del periodista y militante anarco-sindicalista Miguel Pérez Cordón, que fue de los primeros en dar la noticia de la matanza. A la historia de amor y lucha de esta pareja le dedica José Luis Gutiérrez Molina otro estudio, Casas Viejas. Del crimen a la esperanza. María Silva, La Libertaria y Miguel Pérez Cordón: dos vidas unidas por un idea”l (1933-1939) (Almuzara, Córdoba, 2008).

       Buena parte de esas tierras siguen siendo hoy grandes latifundios en manos de unos pocos, dedicados a ganadería de toros bravos, aerogeneradores y cultivos agrícolas intensivos que apenas requieren mano de obra. Ya nadie muere allí de hambre o de un tiro en la cabeza por rebelarse. Pero hay pueblos de la Baja Andalucía donde el paro afecta a la mayoría de la población en edad de trabajar. ¿Estamos seguros de que jamás habrá otro Casas Viejas?

 

* Eduardo del Campo es periodista en el diario El Mundo, con base en Sevilla. Su último libro publicado es De Estambul a El Cairo (Almuzara, 2009). Su anterior entrega dentro de la serie Maestros del periodismoCarmen de Burgos, Colombine, retrata al Papa Pío X en el Vaticano (1906), y su última contribución a Fronterad se titulaba Turquía, a la caza de sus periodistas

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 Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas)

 

Ramón J. Sender

Estos sucesos ocurrieron en la aldea de Casas Viejas, Municipio de Medina Sidonia, provincia de Cádiz, en los días 10, 11 y 12 de enero de 1933, siendo jefe del Gobierno Manuel Azaña, ministro de Gobernación Casares Quiroga y director de Orden Público [Arturo] Menéndez.

[…]

       Se aproxima­ba el amanecer, y para entonces debía estar todo re­suelto. Dentro de la choza seguían disparando. Se oían alaridos y gemidos de mujer. Debían estar heri­dos todos. Los guardias lanzaban granadas y la ame­tralladora habla callado y esperaba que intentaran sa­lir los revolucionarios por el boquete abierto, para dispararles a campo libre. De las cercas más próxi­mas a la choza, unos nueve metros,  lanzaron dos paquetes de algodón impregnados en gasolina. Lue­go, algunas tablas y trozos de ramas envueltas en al­godón también impregnado. Quedaron interceptadas entre la techumbre y bastaron dos granadas para que la gasolina se inflamara. Entonces cesó el fuego. La choza ardía, se veía perfectamente el borrico muerto en la cerca de al lado, el cadáver del guardia asoma­do fuera. Fusiles, ametralladoras y bombas callaban, esperando. 

Francisco Lago y su hija intentan huir. —Los otros siguen disparando.­ —Por fin…

       El fuego daba un rumor creciente entre pequeños estallidos. Iluminada por las llamas, la humareda era gris al principio. Luego, sobre el cielo, que comenzaba a clarear, era negra y se disgregaba hacia el interior. Soplaba, como siempre, a esa hora, un poco de viento del mar. Dentro de la choza los disparos eran muy espaciados. Voces, ayes, insultos y esas frases en las que Seisdedos no tuvo parte, sin duda, pero que, habiendo mujeres de dieciocho años y estando allí padres, hijos, hermanos, debieron ser inevitables. Doscientos hombres asistían a aquel espectáculo en silencio, aguardando para impedir que se salvara na­die. La muchacha, que volvió a la choza con la esco­peta para su padre, Francisca Lago, asomó un instan­te entre las llamas. Subió al boquete gateando. Salió cara a los parapetos de los guardias enloquecida, con las ropas y el pelo en llamas. Corrió, dando alaridos, pidiendo auxilio. La ametralladora la derribó a unos diez pasos de la choza.

       También su padre, Francisco Lago, quiso huir. Probablemente lo hubieran intentado todos, pero los otros cinco debían estar heridos. Francisco no pudo andar tanto trecho como su hija. Quedó muerto en el mismo agujero, al salir. Su cuerpo, que fue doblándo­se bajo el fuego mecánico de la ametralladora, apareció chamuscado, con quemaduras en las piernas y en la cabeza. La techumbre seguía ardiendo y derrum­bándose hacia adentro. Vigas, ramaje, caían en el in­terior en llamas. Todavía sonaron algunos disparos dentro y cayeron varias granadas más sobre la ho­guera. Después, al olor de maderas quemadas suce­dió el de la carne. El humo era más denso y apelma­zado. Habían cesado los lamentos y los disparos. Cuatro hombres y una mujer ardían vivos bajo la hoguera: el Seisdedos, dos hijos, una nuera y un yerno. El fuego iluminaba los alrededores. Todo había terminado. La mayor parte de las fuerzas se iban aventurando ya a bajar. Del cuerpo de la hija de Paco Lago salía humo. Seguían ardiendo sus ropas. Se acercaron y comprobaron que había muerto.

       Algunos de los guardias se dedicaron a transpor­tar tres cadáveres de otros tantos campesinos a los que habían fusilado «para ahorrarse el cuidado de su custodia», desde el lugar donde cayeron a la choza de Seisdedos. Comenzaba a amanecer, sin sol, con la niebla de los amaneceres de Marruecos. Dos guar­dias cogían un cadáver y lo transportaban dificulto­samente, apoyando los pies en la resbaladiza grava. A veces hubo que soltarle para no caer. Volvían a re­cogerlo y bajaban. Y al lado de la choza lo lanzaban sobre la cerca, como un fardo. Aparecen quemados, naturalmente, por el costado que estaba hacia abajo en contacto con el fuego. Antes de terminar esa triste faena aparecieron por la torrentera dos o tres vecinos curiosos o aterrorizados. Los guardias los ahuyenta­ron a tiros.

       Los cinco de la familia de Seisdedos que que­daron bajo las brasas rompían la tradición española. En Numancia murieron los celtíberos sobre las ho­gueras. En Valladolid y Toledo, los herejes, también sobre ellas. El Seisdedos y los suyos murieron de­bajo. Claro está que Roma pasó y los celtíberos del Duero siguen organizándose en fratrías con nombres distintos, y que la Inquisición pasó y los herejes si­guen e imponen su ley. Y que visto así, en la Histo­ria, los siglos son cortos. Esto sin recordar que existe un sistema capaz de crear vida nueva con toda esta sangre.

       La mayor parte de las fuerzas fue desfilando hacia el centro de la población. Quedaron arriba algu­nos centinelas para que la gente del pueblo no se acercara. Consumida la techumbre, las vigas y trave­saños, la mesa de pino y las sillas, los dos taburetes, las culatas de las escopetas, los jergones de paja y la poca grasa de los cuerpos de los sitiados, el fuego fue apagándose. La choza presentaba el aspecto de una fosa cuadrada, con restos humanos cubiertos de ceni­za. Las paredes de barro habían desaparecido en su mayor parte y quedaba apenas señalada la base con un reborde que encuadraba los restos y las cenizas. Los arcos finales de la cabecera y los pies de la cama sobresalían retorcidos.

       Sobre aquella fosa cayeron los cuerpos de los tres que fueron muertos fuera de la choza. Rostros afila­dos por el hambre y por la muerte. Gestos dislocados con brazos y piernas en extrañas actitudes. Allí quedaron esperando al juez de instrucción.

Las tropas en la plaza. —La orden de ‘razziar’ la aldea.

        Destruida la choza, asesinado también con las es­posas puestas Manuel Quijada y golpeada bárbara­mente su mujer, Encarnación Barberán, que quiso protestar, los guardias bajaron en una columna disforme hacia la plaza y formaron en el centro. Más de doscientos hombres. El cura preguntaba tímidamente si había que usar sus servicios y preparaba un ser­món para la primera ocasión en que hubiera que re­partir en la Iglesia “la limosna”. Los oficiales iban y venían con papeles. Después de los disparos últimos contra un grupo de curiosos, todo el mundo había vuelto temerosamente a sus casas, a sus albergues. La luz de las siete de la mañana llegaba por la parte del mar, lívida y penetrante. El jefe paseaba ante la doble fila de las fuerzas formadas. La humareda que seguía subiendo desde lo alto de la colina, terciaba el cielo de la aldea con una faja negra. Ardían los cuerpos desmedrados de los campesinos. Todas las viviendas de la aldea estaban cerradas. Los jefes iban y venían con papeles. Uno dijo apresuradamente:

—Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.

       Miró el reloj y añadió:

—Doy media hora para hacer una razzia, sin con­templaciones.

       Esta orden no se limitaba expresamente a los su­cesos de Casas Viejas, sino que se había dado el día 11 con carácter general a todos los lugares donde se habían producido desórdenes, como otras órdenes no menos bárbaras; las fuerzas rompieron filas y se diseminaron en dirección a la torrentera, hacia las cho­zas de los jornaleros. Un guardia preguntaba:

—¿Qué es una razzia?

       Y otro respondía, cerrando la recámara del fusil:

—Que hay que cargarse a María Santísima.

       En las calles no había un alma. Los campesinos permanecían con sus familias, silenciosos, en las cho­zas. A la puerta de una de ellas lloraba el niño de on­ce años Salvador del Río Barberán. Llevaba en la ma­no un cartucho de fusil, disparado. Los guardias le dijeron, riendo:

—Tira eso, muchacho, que no es un pastel.

       Luego empujaron la puerta. En el fondo, el viejo Antonio Barberán —el de la chaqueta de rayadillo­— yacía sobre un charco de sangre. El muchacho lloraba y juraba que su abuelo no era anarquista. El guardia bisoño subió calle arriba con los otros, conocedor ya de lo que era una razzia. Atrás quedó el muchacho midiendo con los ojos la soledad de la calle. El pueblo había enmudecido. Después de las ilusiones de la noche del día 11, todo volvía a su viejo ser. Las tierras seguirían alambradas y cercadas «para nadie». El hambre y la desesperación, el no hacer nada y la es­peranza —como único horizonte— de que el cura los convocara, un día u otro —quizá mañana, siempre ese “quizá”—, para darles un bono de una peseta canjeable por sesenta céntimos de víveres; ese porve­nir inmediato les aguardaba. No se veía otra cosa en los meses que faltaban hasta la siega. Las hoces espe­raban clavadas en la paja de la techumbre. La ilusión de las cuarenta y ocho horas anteriores los había vivi­ficado. Nadie se acordó de comer ni de dormir.

       Pero la represión, la destrucción de la choza de Seisdedos, los asesinatos de Francisca Lago y de su padre cuando intentaban huir con las ropas ardien­do, todo aquel estruendo de bombas y fusilería al que estuvieron atentos los campesinos desde sus ca­mastros; el recuerdo de Manuel Quijada, esposado, que caía bajo los culatazos de los guardias y era le­vantado a puntapiés para morir, por fin, ametrallado frente a la choza; los asesinatos de otros tres deteni­dos, muertos a bocajarro junto a las cercas; la muerte del septuagenario Barberán al lado de la cama que acababa de abandonar, esos acontecimientos eran co­nocidos rápidamente en todo el pueblo. Durante la noche, los campesinos afiliados al Sindicato, que te­nían armas, huyeron. El campo los acogería en la no­che fraternalmente. Por la tierra, por la superficie cul­tivable, todavía virgen, habían intentado implantar el “comunismo libertario”. En la conquista del campo empeñaban la vida. La habían dado ya muchos cam­pesinos. Al campo fueron a refugiarse. Entre los que quedaban en el pueblo apenas se podrían contar dos o tres testigos de los sucesos y miembros del Sindica­to. En la aldea había teléfonos misteriosos que comu­nicaban con Madrid y con Cádiz constantemente. Había papel para los atestados, sellos judiciales, ca­sas donde tomaban el desayuno los oficiales y los en­viados del Gobierno —había llegado uno, de Cádiz. Había la inseguridad de ofrecer la paz sin que la aceptara el enemigo. La probabilidad de levantar los brazos inermes ante cuatro fusiles y recibir, sin em­bargo, la descarga. Estaba a cada paso la tapia de los fusilamientos. En el pueblo todo les podía ser hostil. En el campo, un obscuro instinto les decía que todo habría de serles favorable.

El asesinato de Juan Silva González.­ —¿Cómo quiere que entre, si me voy a quemar?

       Un grupo de guardias de asalto, a los que acom­pañaba un guardia civil del destacamento permanen­te de Casas Viejas, echó abajo la puerta de la choza de Juan Silva González. Éste protestó, advirtiendo que les hubiera abierto voluntariamente. Lo encaño­naron y lo obligaron a salir con los brazos levanta­dos. El guardia civil les advirtió que era un campesi­no honrado y que daba su palabra de que no había intervenido en los sucesos. Los de asalto, después de una breve discusión, le dijeron que podía quedarse en su casa. Una mujer de la familia atribuye lo que ocurrió después a las maneras un poco desenvueltas de Juan cuando se dirigió a los guardias reconvinién­doles el haber echado la puerta abajo.

       Un cuarto de hora más tarde regresaban los guar­dias de asalto solos, sin la compañía del guardia civil. Volvieron a encañonarle:

—Salga afuera.

       Su mujer advirtió:

—¿No han oído ustedes al guardia civil que no te­nía culpa de nada?

—Sí —respondió uno de asalto—. Es para una de­claración. Salga a la calle.

       Obedeció y fueron con él en dirección a la choza de Seisdedos. Allí había un oficial y otros guardias. Estos le ordenaron, señalándole las ruinas humeantes de la choza:

—Entre usted ahí.

—Hombre —respondió Juan—, ¿cómo me manda eso? ¿No ve que está ardiendo?

       Un poco más lejos de las ruinas yacía, todavía hu­meante, el cadáver de Francisca Lago, sobrina suya. Juan, que ignoraba los pormenores de lo ocurrido por la noche, no sabía qué hacer. Un guardia se impa­cientaba:

—Vamos, entre usted.

—¿Cómo quieren que entre —insistió—, si me voy a quemar?

       Pero se acercó al fuego, y cuando se disponía a trasponer la cerca, los guardias dispararon sobre él. Luego le apoyaron una pistola en la sien y le “vola­ron la cabeza”, como decía una mujer que lo presen­ció, y a la que obligaron a marcharse apuntándole con los fusiles y advirtiendo:

—Como vuelva la cabeza se va a encontrar con un balazo.

       En la plaza estaba el delegado gubernativo. El te­léfono seguía comunicando con Cádiz y con Madrid. Las fuerzas de asalto se sentían asistidas en todo mo­mento por “razones superiores”. La defensa del régi­men.

       Cuando cayó Juan Silva subían en cuerda de pre­sos cuatro campesinos más.

Lo que dicen las madres de esos cuatro campesinos.

       Preferimos copiar de la declaración oficial que hicieron después, las mismas palabras de las madres de Juan y Manuel García Benítez, Juan Grimaldi y José Toro. Son más expresivas que todo lo que nosotros pudiéramos decir:

       «Dolores Benítez. —De cuarenta y ocho años, casa­da, con siete hijos. Rectifica este número: “ Digo, cin­co, que dos me los mataron”. Que sus hijos Juan Gar­cía, de veintidós años, y Manuel, de veintiuno, aque­lla noche se acostaron juntos en la cama de su madre. Que a las doce de la noche, poco más o menos, se le­vantó con su marido y se sentaron sin encender lum­bre por miedo a los tiros, que se oían constantemente.

       Ya de madrugada vio arder la choza de Seisdedos. Que llamó a sus hijos mayores —los dos citados—, asustada, para que le ayudaran a tener cuidado no se corriera el fuego por las demás chozas hasta la suya. Que así estaban cuando, ya “día claro”, oyó mucho ruido en la puerta y entraron varios guardias. Que dijeron:

—¡Que se levanten y salgan los hombres!

       »Sus hijos salieron —sigue diciendo la madre—, y al verla llorar, el mayor le dijo que se tranquilizara “porque el que nada hace nada temer”. Añade la de­clarante que se llevaron a los dos y que ella les siguió; pero tuvo que volver, porque un guardia le dijo:

—Si no vuelve usted p’atrás, le soltamos una des­carga.

       »Que se quedó cerca y oyó decir: “Con éstos ya hay bastante”. Oyó gritar a mucha gente y muchos ti­ros, y después subió a la choza del Seisdedos y se los encontró “cadáveres, cruzaíto el uno sobre el otro”. Que había “un reguero de sangre diformeque no había dónde poner los pies”. Que el mayor tenía “volaíta la cabeza, y el otro ya no lo vio, porque al dolor se le perdió el mundo de vista”.

       “María Villanueva. —De setenta años, casada; está presa de enorme emoción, fatigadísima. Dice: Que estaba con su niño Juan Grimaldi, de treinta y tres años (aclara: Para una madre siempre un hijo es un niño); que fue el que le mataron. Que estaba en su ca­sa, sobre las ocho de la mañana, y llegaron una multi­tud de guardias de asalto, que entraron en su casa —la puerta estaba abierta y su hijo “acabaíto de levantar”—, y dijeron: “Hombres afuera”, saliendo el pa­dre y el hijo con “los brazos contra el cielo”. Que en­tró un guardia y con el cañón de la escopeta le volcó la cama, y, al lamentarse, le dijo: “Busco a ver si hay escopeta”. “Aquí no hay na de eso”, replicó ella. Que en la habitación del “lao” estaba su hija como muer­ta, y ella se lo dijo al guardia. Frente a la puerta esta­ba el guardia civil de Casas Viejas. Salvo. Que los de asalto, al ver a ella llorar y abrazarse a su hijo, la qui­taron, diciéndole “que no le iba a pasar nada; que era para tomarle una declaración”. Que uno que había “con tres estrellitas en la gorra” (el capitán) les dijo a unos guardias de arriba que tiraban: “No tirar, que hay mujeres y niño aquí”. Que a su hijo se lo llevaron al mataero (esto dice la frase con todo su realismo). Y allí se lo dejaron muerto. Que fue para allá, a verlo, y un guardia la apuntó y amenazó con matarla. Que con su pena “cayó al suelo y de allí la recogieron”. Que “toíto el pueblo sabe lo bueno que era su hijo, y lo noble, que nunca se había metido en nada”.”

       Y veamos todavía otra declaración: la de María Toro.

       «De cuarenta años, viuda. Que a su único hijo, de veintitrés años, “se lo han matao”. Que sobre las siete de la mañana fueron a su casa los guardias de asalto, y a su hijo, “que estaba sentaíto en una silla, pues se acababa de levantar y estaba malo”, le estaba ella ha­ciendo una tacita de café. Que entraron los guardias y se lo llevaron, y “aunque ella les lloraba y les ense­ñaba, como prueba de que no se había metido en na­da, su cama calentita, se lo llevaron, tirándole todos los muebles por alto”. Le dijeron “que iban a tomarle declaración”. Que como no volvía, se fue hacia la co­rraleta y vio a su hijo muerto, con un boquete en la cabeza, y se llenó con su sangre las manos “pa besar­le el cuello”. Que han hecho una cosa muy mala con su hijo de su alma.»

       Hay una madre que no pudo declarar. El que de­claró después fue el hijo. Los guardias entraron en una choza donde no había hombres. Estaba sola una anciana, llamada Joaquina Jiménez; los guardias pre­guntaron por “su hijo”, sin saber si lo tenía. La mujer confesó que había huido al campo. Entonces apalea­ron a la anciana, produciéndole tales heridas que fa­lleció días después. A su hijo, Francisco Jiménez, le llaman el Gitano.

[…]