Luis Andres Edo. (1925-2009)

Luis Andrés Edo: memoria libertaria

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Luis Andrés Edo es un capítulo vivo de la historia del Movimiento Libertario ibérico, ya desde los tiempos de la constitución de Defensa Interior en el exilio francés y, más tarde, con la reaparición pública de CNT tras la metamorfosis de la Dictadura. Edo ha sido una de las voces más lúcidas del anarquismo de las últimas décadas y es, aún, un referente para el libertarismo que parece comenzar a recuperarse de las heridas del último cuarto de siglo.
En esta entrevista, Edo nos habla –entre otras cosas, como se verá– de su participación en el caso Granado y Delgado, los anarquistas ejecutados a garrote el 17 de agosto de 1963 por dos atentados que no cometieron; el proceso judicial para su rehabilitación se reabre gracias a un reciente auto del Tribunal Constitucional que obliga al Supremo a iniciar las diligencias que su Sala Militar había denegado. El testimonio de Edo podría contribuir a dar un giro decisivo al desarrollo de este proceso
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Mateo Rello

Era julio de 1963. Octavio Alberola, responsable político de Defensa Interior (DI), envía a Francisco Granado a Madrid con un material que debía usarse para atentar contra Franco en el Palacio de Oriente, durante la entrega de credenciales de los embajadores. Suspendido el atentado por la partida anticipada del dictador, es enviado Joaquín Delgado para avisar al grupo encargado del atentado y, a la vez, contactar con Granado, esconder el material y volver a Francia cuanto antes. El contacto con Granado nunca se produjo y, paralelamente, Sergio Hernández y Antonio Martín adelantan dos semanas la colocación de unas bombas en la Dirección Gral. de Seguridad y en la sede de los sindicatos verticales.


Pregunta. Tuvieron que ser días angustiosos por la pérdida de contacto y tanta confusión.
Respuesta. Lo fueron. Y más cuando vemos que Granado y Delgado son detenidos por las bombas de Madrid y les aplican un sumarísimo de urgencia.
Entonces le planteo a Sergio Hernández, que acaba de llegar de Madrid, convocar una rueda de prensa internacional para que él se declare públicamente autor de la colocación de las bombas; de la convocatoria se encargaría alguien con mucho tirón entre la prensa, el viejo anarquista Louis Lecoin.
(Pensé en Lecoin porque era un personaje con un prestigio enorme: él había arrancado a De Gaulle la legalización de la objeción de conciencia tras estar 70 de días en huelga de hambre (Lecoin ya tenía más de setenta años y llegó a estar en coma). Sumando los años de las distintas condenas penales que tenía por su vida rebelde, Lecoin ocupaba el segundo lugar en toda Francia. Además, había sido el promotor de la campaña contra la extradición a España de Ascaso y Durruti cuando volvían de Argentina).
Pero, volviendo a lo que te decía, Sergio acepta mi propuesta y le acompaño a hablar con Alberola y Cipriano Mera del DI. Mera rechaza la rueda de prensa porque dice que nunca un anarquista se ha confesado autor de un delito. Por su parte, Alberola tampoco es partidario pero por otra razón: es el único en darse cuenta de que van a matar a Granado y Delgado, sí, pero no por las bombas de Madrid sino como escarmiento por el último intento de matar a Franco, muy reciente aún.
Aquel atentado debía haberse ejecutado un año antes, en agosto de 1962, aprovechando el veraneo de Franco en el palacio de Ayete. El caso es que «La Collares» [Carmen Polo, la mujer de Franco] ya estaba en el palacio pero pasaba el tiempo y Franco no llegaba. Al final, hubo que hacer explotar la bomba en la carretera que va de San Sebastián al palacio porque las pilas se estaban acabando y dejarla abandonada hubiera puesto en peligro a inocentes.
P. ¿Cuáles son las implicaciones jurídicas y simbólicas del auto del Constitucional?
R. Jurídicamente, el auto no supone un planteamiento de fondo sino simplemente mecanicista, pre-establecido dentro de un determinado procedimiento; así que no implica ninguna clase de rehabilitación de Granado y Delgado. Eso sí, obliga al Supremo a empezar de cero y a aceptar los testimonios que antes rechazó: el de los autores, Antonio Martín y Sergio Hernández (que en la ocasión anterior no quiso volver a España y ahora acepta), el de Octavio Alberola y Vicente Martí, el mío… Mi testimonio puede ser definitivo, porque yo sé quienes han colocado las bombas antes de que detengan a Granado y Delgado.
Verás, tras colocar las bombas, Sergio sale de Madrid con su coche ya de madrugada (Martín se ha quedado en la ciudad) y sobre las 20 o las 21 horas llega a París. Antes de ir a su casa, viene a buscarme pues yo soy lo que llamábamos el «buzón militante» del DI en París, es decir, el enlace con el que se había de contactar para llegar a Mera y Alberola. Pues bien, cuando le pregunto a Sergio para qué quiere verles, me confiesa que él ha colocado las bombas de Madrid. Insisto: antes de que se produzcan las detenciones y la prensa las anuncie.
P. En 1996 aparece el documental de la Cadena Arte realizado por Lalà Gomà y Xavier Montanyà, que dará repercusión a este caso. En aquel documental se sugería la actuación de un confidente o infiltrado de la policía española.
R. Jacinto Guerrero Lucas, «el Peque». Cuando aparece en Toulouse, en 1962, llega avalado por el Comité Nacional de CNT. Comienza a trabajar con nosotros y se revela como un personaje activo y muy decidido. Pero hay dudas sobre él, despierta recelos. Lo que ocurre es que la gente que desconfía de Guerrero es la que polemiza sistemáticamente con el DI, así que sus sospechas pierden credibilidad.
Ahora bien, resulta que, ya durante los gobiernos socialistas, se descubre que Jacinto Guerrero tiene despacho en el Ministerio del Interior, muy cerca del mismísimo despacho de Vera, por aquel entonces secretario de estado de seguridad. ¿Cuándo lo recluta Vera? No lo sé, pero está claro que la vinculación de Guerrero con Interior debe ser antigua.
Lo malo de este asunto es que, en cuanto a la caída de Granado y Delgado, el confidente pudo ser otra persona. Estoy pensando en un íntimo amigo de Granado, alguien que, como él, venía de los ambientes de la inmigración en Francia y no estrictamente del exilio: Inocencio Martínez.
P. ¿Quién era el cerebro de DI a principios de los años 60?
R. Octavio Alberola. Antes, durante un año, lo había sido Joan García Oliver, pero cuando vio la cloaca que había en Toulouse, con Germinal Esgleas haciendo de las suyas, decidió que aquello no era para él y se volvió a América.
Con respecto a García Oliver, te contaré algo muy curioso. Sus partidarios llevaban veinte años intentando sin éxito que volviera a Europa; y fuimos nosotros, los de Juventudes Libertarias, quienes conseguimos que se decidiera.
La cosa fue así. En el 2ª Congreso Confederal de Limoges, en 1961, se aprueba el «Dictamen Reservado» que, básicamente, recogía la formación del DI para continuar la lucha contra el franquismo dentro de España. En ese contexto, las Julis [Juventudes Libertarias], que por aquel entonces contaban con un millar de militantes en toda Europa y tenían un peso específico, proponen traer a García Oliver para que asuma un papel relevante en el DI. Y por fin volvió aunque, como te decía, no aguantó más de un año el ambiente del exilio anarquista en Francia.
Muchos años después, en mayo de 1977, volvería a ver a García Oliver. Floreal Barberà, al que yo llamaba «embajador plenipotenciario de García», me avisa de que éste quiere volver a Francia. Entonces, el primer Comité Regional de la CNT reconstituida –del que formábamos parte Padilla, Cases, Luis Edo, Matías de Badalona y yo mismo– me envía a París para entrevistarme con García Oliver. Gravé mis conversaciones con él –fueron dos días intensos– pero esas cintas desaparecieron. El caso es que intenté convencerle de que apareciera públicamente en el famoso mitin de Montjuïc, que se celebraría el 2 de julio de ese mismo año. Pero no hubo manera.
P. En alguna ocasión has comentado que García Oliver estaba convencido de que, si volvía a España, le matarían inmediatamente.
R. Así es. De hecho, le planteé que todos habían vuelto: socialistas, comunistas y gente nuestra, como Federica Montseny. Incluso Santiago Carrillo, al que se le atribuían los hechos de Paracuellos.
No lo olvidaré nunca: le vi dudar durante diez segundos, que duraron una eternidad, y finalmente me dijo que no, porque nadie, nadie estaba en su situación: él, como ministro de justicia, había firmado el acta de la ejecución de José Antonio Primo de Rivera.
P. Parece que estamos viviendo una cierta recuperación de la memoria escamoteada: no sólo el nuevo impulso del caso Granado-Delgado, también las fosas de la guerra, los frecuentes documentales sobre anarquismo en TV3, la rehabilitación de Companys y el intento de hacerla extensible a otras víctimas de la Dictadura… ¿Crees que, desde ciertos sectores políticos, se está fomentando esto para propiciar una segunda transición, quizás un cambio de modelo de estado?
R. Sí, por ahí va la cosa (incluso se podría añadir la posibilidad de que exista el deseo de halagar al importante sector libertario que, por una cuestión de urgencia, se lanzó a la calle los días 12 y 13 de marzo). Y, gracias al cambio político, se trata de un proceso que ahora se puede acelerar y profundizar.
Sea como sea, el Movimiento Libertario no va a ser capaz de utilizar en su provecho toda esta efervescencia sino recurre a un discurso más pragmático y, desde luego, no centrado en la estrategia sindical, que está agotada (ya fue un error centrarse en ella durante la transición). Hay que ir hacia una figura que no exija estructura y que aglutine a la gente de las CNT’s, de CGT, de los colectivos, en fin, a lo que yo llamo «la corriente». Fíjate, de hecho, creo que las rupturas estructurales de CNT se pueden deber más a la propia opción organizacionista que no a las estrategias elegidas. Con un modelo sin estructura podríamos volver a generar referentes y espectativas ahora que los foros como el de Portoalegre han sido copados por los parlamentarios.
Reivindico conceptos nuevos como las «asambleas ambulantes», por llamarlas de alguna manera, de los antiglobalización o la manifestación del Mayday durante el último 1º de mayo en Barcelona, que tanto me recordó a ciertas acciones situacionistas.

Adela García lleva varios años grabando los recuerdos de Luis Andrés Edo para darles forma de libro. En tanto no llegan esas esperadas memorias, recuperamos aquí algunos retazos que fueron surgiendo en los márgenes de esta entrevista.

Fósforo en el Scala
«El mismo domingo en que se produjeron los hechos (al día siguiente estaba previsto demoler el local), el juez instructor envía un perito a recoger muestras del incendio; este perito elabora un informe en el que hace constar la presencia de fósforo.
»Por otro lado, Xavier Cañadas, que sólo tenía 18 años al ser detenido, cuenta en su libro que, cuando le toman declaración en la comisaría de Via Laietana, ve sobre la mesa del policía una carpeta con este rótulo: “Caso Scala: fósforo”.
»Del fósforo no se hablará ni siquiera en el juicio oral. Así que alguien –juez, fiscal o policía–, como mínimo, ha prevaricado.
»No sé si algún día se conseguirá una revisión del Caso Scala. Pero si llega, deberíamos tener localizado el laboratorio donde se analizaron las cenizas que recogió el perito judicial.»

Responder a Lucio, el irreductible
«El libro Lucio, el anarquista irreductible es un ajuste de cuentas conmigo, aunque, en ciertos temas importantes, el autor me disfrace con un seudónimo. Tengo ganas de responderle.
»Lo que hace Lucio es cargarse al grupo de Interior que más ha trabajado con él, el grupo de Barcelona. Y lo hace metiéndose, humana y políticamente, en un barrizal intestino que malogra el que podía haber sido un buen libro.»

Laureano Cerrada y José Pascual Palacios, reivindicados
«Antonio Téllez se va a enfadar mucho (risas) porque rescato a dos figuras que él prácticamente ha ignorado.
»Uno es José Pascual Palacios. En 1949, Palacios es el secretario del Comité de Defensa en el exilio. Este modelo de comité será superado en el 2º Congreso de Limoges con la formación del DI, que nace de la conciencia de que una dinámica radical contra el Régimen no puede comprometer a los secretarios de las organizaciones clásicas, CNT, FAI y Julis (precisamente en el 49 se produce la mayor masacre de militantes en la clandestinidad). Aquel Comité de Defensa del 49 aún se componía de cuatro miembros: los secretarios de estas organizaciones y el de Coordinación de CNT, miembro nato del Comité a la vez que su secretario gral., que entonces era precisamente Palacios.
»Mira si será una figura importante que, cuando aún viven Facerías, Caracremada o Sabater, dice Quintela, el Jefe Superior de Policía de Barcelona, que Palacios es el enemigo público nº 1 del Régimen.
»No me quiero olvidar tampoco de Laureano Cerrada Santos, que fue fundamental para que pudiéramos falsificar los cortes de los billetes de 500 y 1000 pts.»

Balius, no precisamente reivindicado
«Recuerdo que Balius llega a Francia procedente de América a principios de los años 60, en plena guerra intestina del exilio francés. Mientras nosotros nos jugábamos la vida, Balius se vendió a Esgleas por un plato de lentejas y pasó a colaborar en su prensa: Combat Sindicaliste, L’Espoir , que dirigía Federica Montseny…
»Creo que Amorós, en su libro La revolución traicionada, olvida algunos elementos esenciales de la actuación de Balius y los Amigos de Durruti. Para empezar, el grupo de Balius intenta acaparar una figura universal como es la de Durruti y, a la vez, capitalizar el movimiento crítico frente al colaboracionismo de la CNT-FAI con el gobierno (que vino con los ministros anarquistas, no con el Comité de Milicias que se cargan Federica Montseny y Abab de Santillán sin dar la cara). Ese movimiento revolucionario no tuvo nombre ni apellidos, era anónimo.
»Por otro lado, las alternativas de Balius no son libertarias; su apuesta por un “ejército popular” o por hacer una limpieza de la quinta columna cargándose a media CNT ponen la carne de gallina.
»Quedan dos problemas esenciales, que Balius ni se plantea. Uno, la posible deriva de CNT durante la guerra al pasar de uno a dos millones de afiliados que la desbordan ideológica y estructuralmente; dos, tras la 2ª Guerra Mundial, los aliados ¿hubieran consentido la pervivencia de una revolución libertaria en España?»

Los gigantes de la acción
«Nosotros no podíamos compararnos a los gigantes de la acción: los Sabater, Caracremada, Facerías… Habíamos puesto bombas, pero nunca habíamos disparado una pistola. Ahora, en un aspecto somos esencialmente equivalentes: en la impugnación ideológica del inmovilismo de nuestras propias organizaciones».